Valle de México, entre la empatía y la violencia en ascenso

La Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) vive hoy en una paradoja que desafía cualquier estadística oficial, mientras los titulares internacionales, las redes sociales y encuestas recientes sugieren que el 89% de los extranjeros residentes se sienten seguros en nuestro país, quienes recorremos diariamente las arterias del Estado de México y la Ciudad de México, percibimos una realidad distinta, una crispación social que ha convertido lo cotidiano en un campo de batalla.

Es fascinante y, a la vez, doloroso observar este contraste en las pantallas y los videos de los creadores de contenido extranjeros, México es un refugio de cultura, calidez, color y una empatía desbordante.

Sin embargo, para el ciudadano de a pie, esa imagen parece diluirse al salir a la calle, donde la seguridad no solo se mide en grandes operativos, sino en la fragilidad de una convivencia que parece salirse de control, no solo de las autoridades, sino de la sociedad misma.

La violencia actual no necesita de grandes detonantes; se ha vuelto cotidiana y carece de tapujos. Basta un incidente de tránsito menor, un empujón involuntario en la banqueta o un automóvil mal estacionado frente a una vivienda para que la furia escale a niveles alarmantes. Esta agresividad al volante y en las calles, que se refleja en el aumento del 23% en los incidentes viales este trimestre, es el síntoma de una sociedad al límite que también se filtra a las escuelas y las aulas.

Mientras tanto, la agenda política parece moverse en otra frecuencia. Se habla de reformas judiciales que posponen elecciones para 2028 y de planes para mitigar la crisis del agua en Naucalpan.

Incluso nos preparamos para los “malabares” logísticos de ser sede del Mundial 2026. Pero ¿de qué sirven los estadios renovados, si los locales hemos perdido la confianza en el vecino y si el transporte público continúa siendo territorio de nadie?

Rumbo al Mundial, la CDMX y el Edomex harán lo imposible por mostrar su mejor cara al mundo; sin embargo, el reto más grande no es logístico, sino social.

Es momento de que las políticas públicas dejen de mirar solo a las cifras de alto impacto y comiencen a sanar la violencia silenciosa de cada esquina. De lo contrario, seguiremos siendo ese país que todos aman visitar, pero en el que cada vez es más difícil convivir.

Los mexiquenses no tienen tiempo de cambiar su vida

Hay millones de mexiquenses que todos los días salen de madrugada a partirse la madre para sacar adelante a sus familias. Se levantan antes de las cinco de la mañana, pasan dos o tres horas atrapados entre tráfico y transporte, trabajan jornadas larguísimas y regresan pensando cómo van a pagar la renta, la comida, la escuela.

Quizá uno de los problemas más graves de México es que ese desgaste ya se volvió normal. Normal vivir cansado. Normal dormir poco. Normal sentir ansiedad por dinero. Normal vivir con miedo. Normal llegar agotado incluso antes de empezar el día siguiente.

México sigue siendo uno de los países donde más horas se trabajan dentro de la OCDE. Mientras en varios países europeos las jornadas rondan entre mil 300 y mil 500 horas al año, en México el promedio supera las dos mil 200 horas laborales anuales.

El problema nunca fue que el mexicano no trabajara. El mexicano trabaja muchísimo. El problema es que trabaja demasiado y cada vez vive menos.

En la Zona Metropolitana del Valle de México el desgaste no termina al salir del trabajo.  Millones de personas invierten entre dos y cuatro horas diarias en traslados. Eso significa cerca de mil horas al año atrapados en tráfico o transporte público. Más de cuarenta días completos únicamente trasladándose.

Ahí aparece algo profundamente injusto: la pobreza de tiempo. Porque la pobreza ya no solamente es no tener dinero. También es no tener tiempo para descansar, para convivir con los hijos, para hacer ejercicio, para dormir bien. No tener tiempo para vivir.

Es lo que el cantautor Rockdrigo González capturó en su canción “No tengo tiempo”: ese sentimiento de ser una máquina, una sombra borrosa, una tuerca en un engranaje que no nos deja espacio para cambiar, para respirar. La máquina nos ha vuelto automáticos, caminamos sin rumbo, masticando verdades gastadas. Y aunque sabemos que aún hay tiempo para atracar en un puerto seguro, cada día ese puerto se ve más lejano.

Y a todo eso se suma la incertidumbre permanente. La gasolina sube. La tortilla sube. La renta sube. El transporte sube. Las deudas crecen. Y el dinero rinde menos cada quincena.

Entonces el cuerpo empieza a cobrar factura. El estrés crónico genera cansancio emocional, pero también hipertensión, ansiedad, depresión, insomnio, gastritis, problemas cardiovasculares y agotamiento mental permanente.

De acuerdo con cifras del IMSS, alrededor del 75 por ciento de los trabajadores mexicanos padecen algún nivel de estrés laboral. Estamos hablando de un problema social masivo.

Y aquí hay una responsabilidad pública que no puede ignorarse. Cuando los gobiernos permiten ciudades donde la gente pierde horas enteras en movilidad, donde la inseguridad obliga a vivir en alerta permanente y donde el costo de vida rebasa el ingreso de las familias, el desgaste emocional deja de ser un asunto individual. Se vuelve consecuencia de un modelo que el Estado ha sido incapaz de corregir.

Es como si viviéramos en una ciudad construida para el agotamiento. Cada estructura, cada decisión de política pública, cada falta de inversión en transporte, conspira para que el ciudadano promedio llegue completamente vaciado. No es un accidente. Es un sistema.

Y tarde o temprano esa factura llega al sistema público de salud, ya debilitado y saturado, que tendrá que enfrentar el aumento de enfermedades asociadas al estrés crónico, la ansiedad y los padecimientos cardiovasculares derivados de una sociedad bajo tensión permanente. Y todavía está la inseguridad. Salir con miedo al asalto. Mandar ubicación en tiempo real. Evitar ciertas calles. Mirar constantemente hacia atrás. Todo eso también desgasta emocionalmente, afectando la manera en que convivimos, descansamos e imaginamos el futuro.

El problema ya no es solamente cuánto gana una familia. Es cuánto desgaste emocional cuesta sobrevivir en México. Quizá lo más preocupante no es el cansancio mismo, sino que ya nos acostumbramos. Nos acostumbramos al estrés, al agotamiento, a vivir acelerados. Y una sociedad que normaliza el cansancio corre el riesgo de olvidar cómo era vivir con tranquilidad.

El país que dejó solos a sus maestros

En México, millones de maestras y maestros siguen entrando todos los días a un salón de clases intentando sostener algo que el propio Estado parece haber dejado de cuidar hace tiempo: el futuro del país.

Lo hacen entre carencias, rezagos acumulados, grupos saturados y escuelas que, en muchos casos, ni siquiera cuentan con las condiciones mínimas para enseñar en un mundo globalizado.

Mientras otras naciones preparan generaciones para competir en programación, innovación y tecnología, millones de estudiantes mexicanos siguen aprendiendo sin internet, sin computadoras y, a veces, hasta sin electricidad.

Y quizá ahí está una de las discusiones más incómodas de nuestro tiempo: México no solamente dejó solos a sus maestros. También está dejando atrás a las generaciones que deberán competir contra el mundo.

Los datos son demoledores.

Según cifras retomadas por el IMCO sobre el ciclo escolar 2024-2025, el 20 por ciento de las escuelas del país no tiene electricidad.

  • El 64 por ciento no cuenta con internet.
  • Menos del 40% por ciento dispone de computadoras para actividades educativas.
  • Un tercio sigue sin acceso adecuado a agua potable,
  • y apenas el 20 por ciento tiene infraestructura adaptada para estudiantes con discapacidad.

Es decir, millones de niñas, niños y jóvenes están intentando construir su futuro en condiciones profundamente desiguales frente al resto del mundo.

Y aun así, el país sigue esperando que los maestros resuelvan solos lo que el Estado no ha sido capaz de garantizar.

Porque hoy el maestro mexicano no solamente enseña.

También enfrenta rezagos de aprendizaje derivados de pandemia, contiene problemas emocionales, se enfrenta a entornos francamente violentos, intenta reducir desigualdades sociales dentro del aula y trabaja, sin herramientas tecnológicas suficientes para preparar a sus alumnos frente a una economía cada vez más competitiva y digitalizada.

México le exige resultados de primer mundo a docentes que trabajan bajo condiciones de abandono institucional.

Y mientras eso ocurre, el rezago educativo comienza a transformarse en algo todavía más grave: una desventaja estructural para el país entero.

Los resultados internacionales lo reflejan con claridad. México permanece entre los últimos lugares de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan competencias básicas en matemáticas. El problema ya no es solamente cuántos niños van a la escuela. El problema es cuántos realmente están aprendiendo lo necesario para competir en un mundo que avanza cada vez más rápido.

Ahí está el verdadero riesgo nacional.

Porque las economías más fuertes entendieron hace años que la educación no es gasto público, sino inversión estratégica. Los países que hoy lideran innovación, productividad y desarrollo tecnológico comenzaron fortaleciendo sus sistemas educativos, modernizando sus escuelas y preparando generaciones capaces de competir globalmente.

México, en cambio, sigue intentando incorporarse al futuro mientras millones de alumnos estudian en condiciones propias del pasado.

Y esa desigualdad ya empezó a heredarse.

Un niño que hoy aprende sin internet, sin herramientas digitales y con rezagos educativos no competirá mañana bajo las mismas condiciones que otros jóvenes del mundo. La desventaja comienza desde el aula.

Por eso el problema no es solamente cuánto gana un maestro.

El problema es cuánto pierde un país cuando deja solos a quienes todavía intentan sostener su futuro dentro de un salón de clases.

Porque mientras millones de docentes siguen haciendo lo imposible para educar generaciones completas, el Estado mexicano parece haber normalizado algo peligrosísimo: que las nuevas generaciones aprendan en desventaja.

Y ningún país se desarrolla condenando a sus niños a competir desde atrás.

10 de mayo: en el país donde ser mamá cuesta demasiado

Más allá de las mañanitas, más allá de las flores y más allá del acto oficial, los datos duros son duros y contundentes: en México, la vida cotidiana de millones de madres sigue marcada por el aumento en el costo de vivir, por la carga desigual del trabajo no remunerado, por la violencia y por la inseguridad para moverse, trabajar y cuidar. La conmemoración existe, pero la deuda también.

La inflación general anual fue de casi 5% en la primera quincena de abril de 2026. La canasta alimentaria sigue presionando el gasto familiar. Las frutas y verduras aumentaron también en 5% en febrero, mientras el precio de alimentos básicos mantiene una presión constante sobre los hogares; comer no es un acto simbólico, es una negociación diaria con el monedero de las jefas de familia.

Más allá del discurso del bienestar, los datos duros son estos: las mujeres en México 40 horas semanales al trabajo no remunerado, 21 horas más que los hombres. El 65% de su tiempo total de trabajo se concentra en labores sin salario, principalmente cuidado, limpieza, alimentación y atención familiar. Esto significa que la maternidad y el sostenimiento del hogar siguen descansando sobre una estructura profundamente desigual donde millones de mujeres trabajan más, cobran menos y descansan menos.

Más allá del homenaje, algunos datos son estos: 70 % de las mujeres de 15 años o más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, no se trata de casos aislados. Es una condición estructural. Para millones de madres, cuidar no solo significa alimentar o educar, también significa sobrevivir, protegerse y proteger a sus hijas e hijos en un país donde la violencia sigue siendo parte de la rutina.

Más allá de la foto familiar, los datos duros son estos: en 2024 se registraron 1,672,227 nacimientos en México y una proporción significativa de madres enfrenta la crianza en condiciones de mayor fragilidad económica o sin una red suficiente de respaldo. La maternidad real no siempre se parece al ideal publicitario del 10 de mayo. Muchas veces se parece más a jornadas dobles, precariedad y responsabilidad acumulada.

Más allá del “feliz día”, los datos duros son estos: moverse también cuesta. En el Estado de México, el transporte público incrementó su tarifa mínima de 12 a 14 pesos en octubre de 2025, un aumento de 17%. Para una madre trabajadora que traslada hijos a la escuela, se mueve a su empleo y regresa a casa, el transporte representa gasto creciente, desgaste físico y exposición constante al acoso o la inseguridad. No es movilidad. Muchas veces es resistencia cotidiana.

Más allá del festival escolar, los datos duros son estos: llevar hijos a clases implica tiempo, logística, dinero y energía. Uniformes, útiles, transporte, horarios fragmentados y traslados largos forman parte de una economía invisible que rara vez aparece en el discurso oficial, pero que define buena parte de la vida diaria de millones de mujeres.

Más allá de los aplausos, los datos duros son estos: México sigue descansando en el trabajo de las madres mientras les ofrece condiciones insuficientes para sostener esa responsabilidad. El país les exige resolver alimentación, cuidado, escuela, salud, seguridad emocional y estabilidad económica, incluso cuando el entorno se vuelve más caro y más hostil.

Porque mientras el discurso político insiste en hablar de bienestar, millones de madres siguen enfrentando una realidad donde la inflación golpea la mesa, la violencia condiciona la calle y la desigualdad organiza el hogar.

Celebrar a mamá está bien, pero en un país donde vivir, cuidar y proteger cuesta cada vez más, felicitar sin transformar empieza a parecer una forma de evasión.

Infancia en México: crecer en desventaja ya es la regla

“Los niños no son el futuro, son ciudadanos de ahora con preocupaciones y derechos.” (Enfoque de la sociología contemporánea de la infancia)

En México hay 36.2 millones de niñas, niños y adolescentes. No son el futuro, son el presente. Y aun así, son el grupo más vulnerable del país.

Casi la mitad vive en pobreza. Son 17 millones de niñas y niños creciendo con carencias en alimentación, salud, vivienda o servicios básicos. No es un dato aislado, es la condición en la que se está formando una generación completa.

En salud, el problema cambia de forma pero no de fondo. Más de una tercera parte de los niños entre 5 y 11 años vive con sobrepeso u obesidad.

En educación, el acceso ya no es el principal reto.

El problema es lo que ocurre dentro del aula. Una proporción importante de jóvenes de 15 años no alcanza niveles básicos en lectura y matemáticas, se gradúan, pero no aprenden. Llegan a la vida adulta y de competencia laboral sin herramientas reales.

El problema no está en un sector. Está en todos.

México destina alrededor del 2.4 por ciento del producto interno bruto a políticas dirigidas a la infancia, por debajo de lo que invierten otros países de la región. Y aun ese recurso se dispersa en programas que no se articulan entre sí, no son auditables o simplemente no funcionan.

La ley reconoce derechos, el presupuesto no los garantiza, por eso la infancia en México no enfrenta un solo problema. Enfrenta un sistema que no logra protegerla.

Crecer en pobreza, enfermar sin atención o estudiar sin aprender no son excepciones. Es el destino de millones de niñas y niños

Cada 30 de abril se repiten los discursos, se habla de felicidad, de futuro, de oportunidades. Pero los datos dicen otra cosa.

Porque si hoy casi la mitad de la infancia vive en pobreza, si millones no están aprendiendo lo básico y si las condiciones de desarrollo siguen siendo desiguales, entonces el problema no está en el mañana, está hoy, está en el presente que estamos construyendo.

El problema no es el futuro de la niñez, es el país que hoy no está siendo capaz de construirlo.

La tortilla en el Edomex: del origen a la incertidumbre en la mesa

Hay alimentos que quitan el hambre. Y hay otros que sostienen una forma de vida; el maíz, sin duda, es uno de ellos.

​En lo que hoy es el Estado de México, el maíz no es solo un cultivo: es memoria, es trabajo y es comunidad. Nuestros pueblos originarios no lo convirtieron en símbolo por discurso, sino por necesidad. De esa necesidad nació nuestra tortilla: simple, cotidiana, indispensable e instintivamente vital.

​Ahí están los pueblos otomíes, mazahuas, nahuas, matlatzincas y tlahuicas. Distintos entre sí, pero con una raíz compartida: hicieron del maíz la columna vertebral de la existencia. Gracias a ellos, la tortilla se convirtió en nuestro alimento diario; sagrado, digno y bendito.

​Y sigue siéndolo.

​Por eso, cuando sube el precio de la tortilla, no hablamos de una cifra más en la estadística. Es un golpe directo al corazón del hogar.

​En el Estado de México, donde millones de familias organizan su gasto alrededor de lo más básico, el aumento al kilo de tortilla pega justo donde no hay margen de maniobra. No hay sustituto, no hay alternativa, no hay forma de esquivarlo. Nuestra tortilla está en nuestras mesas todos los días, y cuando ella se encarece, se encarece la vida misma.

​El problema es que el aumento no viene solo. En las últimas semanas han subido también el jitomate, el pollo, el huevo y el aceite. Poco a poco, producto por producto, la mesa se va achicando. Lo que antes era rutina, hoy exige cuentas matemáticas. Lo que antes alcanzaba, hoy ya no.

​Hablemos de los taqueros: subir uno o dos pesos a cada taco es una realidad inevitable para ellos. ¿El resultado? Los clientes consumen un taco menos. Esto no es solo economía; es una pérdida de dignidad. Esto no es bienestar.

​Puede parecer un detalle menor o anecdótico, pero no lo es. Es la forma más cruda de medir cómo el encarecimiento de lo básico se mete en la intimidad de la vida diaria, en el taco de cada jornada. La tortilla es el alimento más cercano, más constante y más democrático que existe.

​Hace unos días, desde las esferas del poder, se habló de un “ligero aumento al precio de la tortilla”. Ligero en el discurso, pero pesado en la mesa. Porque cuando el precio sube —aunque digan que es “poco”— lo que baja es el consumo. Baja la cantidad en el plato, bajan las porciones y, por consecuencia, baja la calidad de vida.

​Cuando lo más básico obliga a comer menos, lo que está fallando no es el mercado: es el compromiso con el bienestar social.

La historia del maíz habla de resistencia, pero el precio de la tortilla hoy nos habla de una profunda fragilidad institucional.

Edomex, la despensa y el tanque a medio llenar

Se dice que, en la política, lo que no se ve en el presupuesto, no existe. Pero en el Estado de México, lo que no se ve en la mesa de las familias es lo que realmente cuenta. Hoy vivimos una paradoja dolorosa: mientras el Gobierno Federal y el estatal presumen cifras de “estabilidad”, los mexiquenses libramos una batalla diaria contra una carestía que no da tregua.

Una cosa es la cifra que se presenta en las mañaneras y otra muy distinta es la que se vive en el mercado de la colonia. En marzo, la inflación oficial se situó en un 4.59%. Para un economista en un escritorio, puede parecer un dato bajo control; para una madre de familia en San José del Rincón o Ecatepec, es una burla. Ese porcentaje no refleja que el jitomate aumentó más del 30% en solo quince días, ni que las frutas y verduras han subido, en promedio, un 20% anual.

El motor de esta inflación tiene nombre y apellido: el fracaso de la política energética. Nos prometieron, una y otra vez, que los combustibles no subirían. Nos vendieron la idea de que comprar la refinería de Deer Park en Texas y construir la de Dos Bocas en Tabasco nos daría soberanía y precios bajos.

¿Cuál es la realidad hoy, en abril de 2026? La gasolina Magna ha tocado máximos históricos, superando en muchas estaciones los $25.00 pesos por litro, y en zonas con logística complicada, acercándose peligrosamente a los $30.00. El gobierno se escuda en “factores externos”, pero la verdad es que la inversión multimillonaria en refinerías no ha servido para mitigar el golpe al bolsillo.

Cuando la gasolina sube, sube todo: sube el flete de la verdura, sube el pasaje del transporte público y sube el costo de producción de cualquier producto básico. Es un círculo vicioso donde el pueblo siempre pierde. Estamos resolviendo más problemas con el mismo sueldo, porque mientras los precios vuelan, los salarios apenas caminan.

No hay mesa en nuestro Estado de México que se precie de serlo sin un buen guisado, sus tortillas calientes y ese aroma a hogar. Pero hoy, ese cariño con el que se cocina ya no rinde igual. Lo que antes era el ingrediente base de cada comida, hoy es un lujo que se piensa dos veces antes de echar a la bolsa del mandado.

Asistir al súper o a tianguis se ha vuelto una experiencia angustiante. Ver cómo el carrito y las bolsas se llenan menos cada quincena mientras el ticket de pago crece es una afrenta a la dignidad del trabajador.

Pero la mortificación no termina en el supermercado. Al calvario de la canasta básica hay que sumarle el abandono de nuestras vialidades. La actual administración estatal ha minimizado sistemáticamente el estado de nuestras carreteras y avenidas. Cualquier ciudadano que use su vehículo para trabajar —ya sea un taxi, un camión de carga o el auto familiar— sabe que transitar por el Estado de México es una carrera de obstáculos. Los baches no son solo “molestias”, son trampas que destrozan suspensiones, revientan llantas y afectan el patrimonio de quienes menos tienen. ¿Quién paga esas refacciones? El ciudadano. Es un doble castigo: pagas una gasolina carísima para circular por calles que parecen zonas de guerra.

No basta con programas sociales si la inflación se los devora antes de que lleguen a la mesa. Es necesario exigir cuentas claras: ¿Dónde está el beneficio de las refinerías? ¿Por qué se prefiere gastar en obras faraónicas mientras la despensa y los tanques de gasolina están a medio llenar solo para librar lo básico?

En el Estado de México no queremos “otros datos”. Queremos que el dinero alcance, que las calles sean seguras y que la comida deje de ser un lujo. Porque al final del día, ni todo el amor ni todas las promesas de campaña alcanzan para poner comida en la mesa.

Vacaciones sin salir, descansar se volvió un lujo

El derecho al descanso no es un privilegio. El derecho al esparcimiento tampoco debería serlo. Pero en México, hoy, ambos empiezan a sentirse como algo reservado para unos cuantos.

En plena temporada vacacional, cuando millones de niñas, niños y jóvenes deberían estar saliendo, conociendo, divirténdose, conviviendo, la realidad es otra: cada vez más familias simplemente no pueden. Y no es casualidad.

Hoy, en la zona metropolitana del Valle de México, hay estaciones donde la gasolina ya roza los 27 y hasta 28 pesos por litro. El diésel (que mueve alimentos, transporte y mercancías) se paga a 26 y 27 pesos.

Cuando inició este gobierno, la gasolina rondaba los 22 pesos. Hoy  sufrimos de aumentos de hasta 5 o 6 pesos por litro en distintos puntos del país.

Este incremento no se queda en la gasolinera. Se traslada a la despensa: tortilla, huevo, pollo, aceite, jitomate; y también se traslada a algo que pocas veces se mide: la posibilidad de salir, de convivir, de disfrutar.

Porque cuando la vida se encarece, lo primero que se recorta no es el gasto obligatorio. Es el gasto que da sentido a la vida.

Y hoy, salir también se encareció de forma evidente.

En los últimos meses, los boletos de avión en rutas nacionales han registrado aumentos que en temporadas vacacionales pueden superar el 20 o incluso 30 por ciento respecto a años recientes.

Los autobuses foráneos también han ajustado tarifas por el costo del diésel.

Y los hoteles, particularmente en destinos turísticos, han incrementado precios por encima de la inflación general, en muchos casos entre 10 y 25 por ciento.

Es decir: no solo es más caro vivir. También es más caro salir de esa rutina.

Si en casa ya no alcanza para completar la despensa, mucho menos alcanza para pagar vacaciones.

Las familias hacen lo que pueden. Reducen planes, buscan espacios gratuitos, cambian viajes por días de campo y caminatas.

Lo normal ahora es simplemente quedarse en casa. Y eso es desigualdad.

Antes y esto no es nostalgia, es memoria colectiva, muchas familias hacían un esfuerzo por salir unos días, por visitar a familiares, por cambiar de entorno, aunque fuera de forma modesta. Hoy incluso eso se vuelve cuesta arriba.

Porque no es solo el costo del destino, es el costo de llegar, es el costo de moverse. Es el costo acumulado de una economía donde todo está atravesado por el precio del combustible.

En el Estado de México esto es todavía más evidente.

Millones de personas viven en trayectos largos, en traslados diarios, en una lógica donde el transporte no es opción, es obligación.

Y ese transporte ya subió en 2025.

A eso se suma que comer fuera, aunque sea un taco o una torta entre trayectos, también cuesta más.

Es decir, cuesta más vivir y también cuesta más descansar de esa vida.

Ese es el punto que no se está viendo.

El bienestar no puede medirse solo en si alcanza para lo básico, que ya no alcanza.

El bienestar también implica tiempo, espacio y condiciones para convivir, para salir, para romper la rutina, cuando eso desaparece, lo que se pierde no es solo dinero. Se pierde calidad de vida.

Se pierde tejido social. Se pierde infancia. Se pierde comunidad. Se pierden momentos qué recordar de familia.

Desde el PRD la exigencia es clara: el bienestar tiene que ser real y completo. No basta con sobrevivir, las familias mexicanas tienen derecho a vivir, a descansar, a convivir. Porque las vacaciones no deberían ser solo días sin trabajar. Deberían ser días de gozo y diversión, de experimentar cosas no cotidianas.

Y hoy, para millones, eso ya no está ocurriendo.

Chalma: Donde el Baile es Ofrenda y la Esperanza vive

Ya se siente en el aire mexiquense ese murmullo que no es del viento, sino de miles de pasos que golpean el asfalto y los caminos de terracería. Son los chalmeros, esa estirpe de fe que convierte las carreteras hacia Ocuilan y Malinalco en un río humano. Se les ve desde la autopista Chamapa- Lechería, Huixquilucan, La Marquesa, Cuajimalpa o atravesando Toluca, con el rostro curtido por el sol y la mirada puesta en un horizonte de esperanza. Es el inicio de la Semana Santa, y el Estado de México se vuelca en cuerpo y alma hacia su santuario más sagrado, rescatando una tradición que nos define como pueblo: la de no rendirse nunca.

​En un país donde la economía y el sistema a veces parece cerrarnos todas las puertas y el costo de la vida aprieta el corazón de los padres de familia, la peregrinación a Chalma surge como un acto de resistencia. No se va al santuario por inercia; se va porque mientras haya fe, hay una salida. Para el trabajador que se truena los dedos para surtir la despensa , pagar la escuela o el tratamiento del familiar enfermo, el camino a Chalma es el espacio donde se depositan las angustias y se recoge la fuerza necesaria para seguir dando la batalla en el día a día.

​La estampa del peregrino es heroica y profundamente conmovedora. Muchos caminan de sol a sol, desafiando el frío punzante de la madrugada en caminos terrosos, cargando literalmente su cruz: pesadas maderas al hombro o imágenes del Señor de Chalma que parecen ganar peso con cada kilómetro. Al llegar, las heridas en los pies son el testimonio de un sacrificio que busca sanación para un enfermo o el simple milagro de la paz en el hogar. Es el cuerpo el que sufre, pero es el espíritu el que se fortalece con cada paso.

​Al llegar al santuario, el cansancio se transforma en ritual. El acto de colocarse la corona de flores y bailar frente al Señor no es un simple folclore; es una de las expresiones más puras de nuestra identidad. Es decirle a la adversidad que, a pesar de todo, todavía tenemos ritmo y alegría para agradecer. Ese baile es una ofrenda viva, un lenguaje que solo el mexicano entiende: el de enfrentar los retos con la cabeza en alto y el corazón dispuesto a la fiesta sagrada.

​En el trayecto, la geografía se vuelve solidaria. No se entiende este cuadro sin el paso por el Ahuehuete, donde el agua lava el sudor de la jornada. Pero destaca, sobre todo, la bondad de los desconocidos que ofrecen café o agua al caminante. Esa solidaridad silenciosa nos recuerda que, en las tierras mexiquenses, nadie camina solo. Es la mano del prójimo haciendo más amable el peregrinar, demostrando que la caridad es el pegamento que mantiene unida a nuestra sociedad en los momentos de prueba.

​La logística de esta fe es una proeza familiar. Mientras unos caminan días enteros, otros ya se preparan para el reencuentro en el santuario. Es un espectáculo ver cómo las familias se buscan entre la multitud para fundirse en abrazos que borran cualquier fatiga. Esta unión mantiene vivo un hilo de identidad que ni la modernidad ha podido cortar; es el relevo generacional donde los abuelos enseñan a los nietos que la fe es la brújula que nos guía cuando el camino se pone oscuro.

​Pero el viaje no termina en el altar. Tras cumplir la manda, la jornada se transforma en una convivencia necesaria. Las familias bajan a los balnearios de Malinalco u Ocuilan para sacudirse el polvo y “dejar su lanita” con gusto. Es el momento del descanso merecido, donde el agua de la alberca y la carnita asada compartida entre risas y anécdotas sellan el pacto de unidad. Esta derrama económica es vital para la región, pues la fe de los visitantes sostiene el sustento de miles de familias locales que viven de este fervor.

​Ser chalmero es, en esencia, una forma de entender la vida. Es saber que ante la enfermedad o la crisis, siempre queda el recurso de la fe y el consuelo de la comunidad. El Santuario del Señor de Chalma nos enseña que mientras haya un camino que recorrer, una corona de flores que vestir y una familia con quien compartir la mesa, habrá esperanza. Porque en este rincón del Estado de México, caminar es orar y bailar es la forma más valiente de decir que estamos vivos.

Democracia en modo scroll

Si la democracia fuera una app, hoy muchos la usarían igual que TikTok: deslizando sin detenerse, reaccionando sin pensar y creyendo que con eso ya participaron.

Suena exagerado, pero no lo es tanto.

El más reciente World Happiness Report 2026 (Informe Mundial de la Felicidad, publicado el 19 de marzo) pone sobre la mesa un dato incómodo: no es lo mismo estar conectado que estar involucrado. Y eso aplica igual para las redes sociales que para la vida pública.

El estudio distingue dos formas de uso que, en realidad, dicen mucho de cómo estamos viviendo hoy. Por un lado, el uso pasivo: ver, consumir, desplazarse entre contenidos. Por el otro, el uso activo: interactuar, opinar, dialogar.

La diferencia no es menor. Según el informe, quienes usan las redes de forma pasiva tienden a reportar menor bienestar. Es decir, mientras más observas sin participar, peor te sientes. En cambio, cuando hay interacción, aunque sea básica, los efectos son neutros o incluso positivos.

¿Por qué pasa esto?

El propio estudio apunta a un factor clave: la comparación social. Las redes están llenas de versiones editadas de la vida de los demásTodo parece mejor, más exitoso, más feliz. Y cuando uno solo observa, sin participar, sin cuestionar, sin formar parte, lo que queda es una sensación de distancia, de no estar a la altura.

Dicho de manera simple: ver la vida de otros no te hace sentir parte de ella.

Y aquí es donde esto deja de ser un tema de redes sociales y se vuelve un tema de sociedad.

Porque la lógica de observar sin participar se está trasladando poco a poco a la forma en que entendemos la vida pública. Hoy millones de personas opinan, reaccionan, comparten; pero cada vez menos se involucran de fondo.

Participar ya no significa organizarse, exigir o incidir. Muchas veces significa solo comentar en redes.

Y eso tiene consecuencias.

Una democracia no se construye con espectadores. Se construye con ciudadanos que participan, cuestionan y empujan cambios más allá de un “like” o un “share”.

Por eso vale la pena poner atención cuando desde el poder se insiste en la idea de que “el pueblo decide todo”, pero al mismo tiempo se promueven mecanismos que reducen la participación a momentos muy específicos o controlados. La discusión sobre la reforma electoral va justamente por ahí: no solo es qué se decide, sino cómo se participa.

Porque después de una elección, la responsabilidad ya no es del ciudadano, es del gobierno. Gobernar implica dar resultados, resolver problemas y mejorar la vida de las personas. No basta con decir que la gente eligió, hay que responder a esa elección.

Cuando eso no ocurre, la política empieza a parecerse demasiado a las redes: mucho discurso, mucha emoción, pero pocos cambios reales.

Y mientras tanto, la ciudadanía corre el riesgo de quedar atrapada en el mismo esquema que describe el estudio: consumiendo política como si fuera contenido, reaccionando como espectador, pero sin incidir realmente en las decisiones que afectan su vida.

Las redes sociales no son el enemigo. Pero sí pueden convertirse en el espacio perfecto para una democracia superficial: mucha conversación, poca incidencia; mucha emoción, poca transformación.

Por eso la reflexión es inevitable.

Si el uso pasivo de las redes reduce el bienestar individual, ¿qué ocurre cuando trasladamos esa lógica a la vida pública? ¿Qué pasa cuando millones de personas observan la política, la comentan, la comparten, pero no participan realmente en ella?

La respuesta es incómoda: se debilita la democracia.

Porque una sociedad que se acostumbra a mirar, termina por dejar de exigir.

Y una ciudadanía que deja de exigir, tarde o temprano deja de decidir.