El silencio no es opción, la democracia exige voces

La libertad de expresión suele entenderse como un derecho de periodistas, medios de comunicación o figuras públicas.

Pero en realidad es algo mucho más profundo, es uno de los pilares que sostienen a cualquier democracia.

Porque una democracia no solamente se define por elecciones. También se define por la posibilidad de cuestionar al poder, denunciar abusos, expresar desacuerdos y permitir que existan voces distintas sin miedo a represalias.

Por eso, cuando la democracia comienza a erosionarse, una de las primeras señales aparece justamente en la libertad de expresión.

No siempre de manera abierta, no siempre mediante censura directa.

A veces ocurre lentamente, con miedo, con violencia, con autocensura. Con periodistas que dejan de investigar ciertos temas porque saben que hacerlo puede costarles la vida.

México conoce bien esa realidad.

En distintos estados del país, particularmente en regiones golpeadas por el crimen organizado, muchos periodistas han tenido que aprender a callar para sobrevivir.

Ha ocurrido en Sinaloa, Veracruz, Edomex, Michoacán, por regiones o en zonas completas donde informar sobre narcotráfico, corrupción o violencia significa colocarse en riesgo permanente.

Y quizá lo más grave es que poco a poco la sociedad empieza a normalizarlo.

Como si fuera natural que existan temas prohibidos.
Como si hubiera territorios donde preguntar ya no fuera posible.
Como si el silencio fuera parte inevitable de la vida pública.

Pero una democracia nunca debería acostumbrarse al silencio.

Porque cuando un periodista calla por miedo, también pierde información toda la sociedad.

Ryszard Kapuscinski decía que para ejercer el periodismo primero había que ser buena persona, porque el verdadero periodismo implica comprender a los otros y acercarse a la realidad de la gente.

Y justamente ahí está el fondo del problema.

La libertad de expresión no existe solamente para proteger opiniones. Existe para proteger la verdad pública.

Existe para que el poder tenga límites, para que los abusos puedan conocerse, para que la corrupción pueda exhibirse, para que las víctimas puedan ser escuchadas.

La historia mundial demuestra que las democracias se fortalecen cuando existen periodistas capaces de investigar con libertad.

El caso Watergate en Estados Unidos permitió exhibir abusos de poder que terminaron provocando la renuncia del presidente Richard Nixon.

Los Papeles de Panamá revelaron redes internacionales de evasión fiscal, corrupción y ocultamiento de recursos.

En México también existen investigaciones periodísticas que ayudaron a visibilizar casos de corrupción, desapariciones, conflictos de interés y violaciones a derechos humanos que probablemente jamás habrían salido a la luz sin una prensa libre.

Por eso defender la libertad de expresión no es defender solamente a los medios de comunicación, es defender el derecho de la sociedad a conocer la verdad.

Y hoy el riesgo no proviene únicamente de la violencia criminal.

También existe una erosión social más silenciosa.

La polarización, la agresividad política, el insulto permanente.
Las redes sociales convertidas muchas veces en espacios donde pensar distinto parece motivo suficiente para destruir al otro.

Todo eso va deteriorando la conversación pública.

Y una democracia sin conversación termina debilitándose desde dentro.

Porque el problema no comienza cuando se prohíbe hablar, el problema comienza cuando las personas prefieren callar.

Un país donde la gente tiene miedo de hablar nunca termina de ser libre.

Y quizá el mayor desafío democrático de México hoy no es solamente garantizar elecciones libres.

Es garantizar que la verdad todavía pueda decirse sin miedo.

Por eso, conmemorando el Día de la Libertad de Expresión, también vale la pena reconocer a quienes siguen ejerciendo el periodismo aun en medio de la presión, la violencia, las amenazas y el desgaste diario.

A quienes siguen siendo incómodos para el poder.
A quienes siguen preguntando.
A quienes siguen investigando.
A quienes siguen narrando la realidad aunque muchas veces hacerlo implique riesgos personales.

A los periodistas que todos los días intentan plasmar la realidad en periódicos, portales de noticias, estaciones de radio, canales de televisión y espacios digitales, mi solidaridad y reconocimiento.

Porque el periodismo nació para incomodar al poder, no para hacer caravana frente a él.