
La Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM) vive hoy en una paradoja que desafía cualquier estadística oficial, mientras los titulares internacionales, las redes sociales y encuestas recientes sugieren que el 89% de los extranjeros residentes se sienten seguros en nuestro país, quienes recorremos diariamente las arterias del Estado de México y la Ciudad de México, percibimos una realidad distinta, una crispación social que ha convertido lo cotidiano en un campo de batalla.
Es fascinante y, a la vez, doloroso observar este contraste en las pantallas y los videos de los creadores de contenido extranjeros, México es un refugio de cultura, calidez, color y una empatía desbordante.
Sin embargo, para el ciudadano de a pie, esa imagen parece diluirse al salir a la calle, donde la seguridad no solo se mide en grandes operativos, sino en la fragilidad de una convivencia que parece salirse de control, no solo de las autoridades, sino de la sociedad misma.
La violencia actual no necesita de grandes detonantes; se ha vuelto cotidiana y carece de tapujos. Basta un incidente de tránsito menor, un empujón involuntario en la banqueta o un automóvil mal estacionado frente a una vivienda para que la furia escale a niveles alarmantes. Esta agresividad al volante y en las calles, que se refleja en el aumento del 23% en los incidentes viales este trimestre, es el síntoma de una sociedad al límite que también se filtra a las escuelas y las aulas.
Mientras tanto, la agenda política parece moverse en otra frecuencia. Se habla de reformas judiciales que posponen elecciones para 2028 y de planes para mitigar la crisis del agua en Naucalpan.
Incluso nos preparamos para los “malabares” logísticos de ser sede del Mundial 2026. Pero ¿de qué sirven los estadios renovados, si los locales hemos perdido la confianza en el vecino y si el transporte público continúa siendo territorio de nadie?
Rumbo al Mundial, la CDMX y el Edomex harán lo imposible por mostrar su mejor cara al mundo; sin embargo, el reto más grande no es logístico, sino social.
Es momento de que las políticas públicas dejen de mirar solo a las cifras de alto impacto y comiencen a sanar la violencia silenciosa de cada esquina. De lo contrario, seguiremos siendo ese país que todos aman visitar, pero en el que cada vez es más difícil convivir.