México reprueba en igualdad de oportunidades

Este lunes, a las ocho de la mañana, dos niños entrarán a una escuela pública del Estado de México, recibirán los mismos libros, tendrán las mismas horas de clase y, en el papel, el mismo derecho a la educación. Pero no llegarán en las mismas condiciones.

Uno quizá habrá desayunado bien, dormido lo suficiente y llegará acompañado por alguno de sus padres. El otro pudo levantarse mucho antes, tomar el camión cuarenta minutos, comer poco y despedirse temprano de sus padres porque ellos también tuvieron que salir a trabajar mucho más temprano.

A las ocho estarán frente al mismo pizarrón, pero uno comenzará varios escalones adelante.

Ese es uno de los grandes problemas de nuestra educación, la escuela recibe a niños con enormes diferencias y no logra reducirlas.

Los datos ponen una mala calificación.

El reciente Informe de Movilidad Social en México del Centro de Estudios Espinosa Yglesias muestra que, entre las personas cuyos padres estudiaron primaria o menos, 75 por ciento no alcanzó siquiera el promedio nacional de escolaridad y apenas 9 por ciento llegó a estudios profesionales.

Cuando los padres tuvieron estudios profesionales, 63 por ciento de sus hijos también alcanzó ese nivel.

El CEEY lo resume en una frase: “la educación también se hereda”.

Y hay otro dato preocupante, entre 2016 y 2024, los hogares donde los padres tenían primaria o menos pasaron de recibir alrededor de la mitad de las transferencias educativas analizadas por el CEEY a solamente una cuarta parte.

Quienes arrancan desde más atrás reciben hoy una menor proporción de esos apoyos.

La desigualdad tampoco termina cuando suena el timbre. Un niño puede volver a casa y encontrar computadora, buen internet y ayuda para hacer la tarea. Otro tendrá quizá un teléfono compartido, mala conexión y padres que regresan después de una larga jornada de trabajo y de viaje en transportes.

Y ahora aparece la inteligencia artificial. Mientras algunos estudiantes ya la utilizan para investigar, aprender idiomas o resolver dudas, otros todavía batallan para tener una computadora y una conexión estable. Las diferencias se acumulan.

Por eso educación gratuita no puede significar solamente no pagar colegiatura. Si transporte, alimentación, internet, computadora y otras herramientas para aprender dependen del bolsillo de cada familia, no todos tendrán las mismas oportunidades.

La escuela pública debería servir para emparejar la cancha.

Este lunes millones de niños volverán a las aulas, vestirán los mismos uniformes, y tendrán los mismos libros y pizarrones, pero detrás de ellos habrá realidades muy distintas.

México seguirá reprobando en igualdad de oportunidades mientras el lugar donde nace un niño siga pesando más que lo que hacemos para ayudarlo a llegar más lejos. Porque dar lo mismo a quienes empiezan desde lugares distintos no empareja el piso, deja que la desigualdad también entre al salón de clases.

¿Sabes dónde está tu hijo jugando? Seguro no.

Cuando éramos niños nuestros papás sabían dónde andábamos. Bastaba con asomarse al zaguán, buscarnos en la calle o preguntar en casa del vecino. Sabían con quiénes jugábamos y quiénes eran nuestros amigos.

Hoy la respuesta parece igual de sencilla: “Está en su cuarto”. Y probablemente sea cierto, Lo que ya no resulta tan fácil es saber en qué mundo pasa varias horas al día.

La mayor transformación de la infancia ocurrió o detrás de una pantalla o en la calle. Las nuevas generaciones crecen en un entorno digital que para ellas es tan natural como antes lo era salir a jugar a la calle. Ahí estudian, se divierten, conversan, hacen amigos, construyen buena parte de su vida cotidiana.

Por primera vez en la historia, muchos hijos conocen mejor ese entorno que sus propios padres. Y esa brecha merece toda nuestra atención, no porque internet sea, por definición, un lugar peligroso, sino porque ningún padre puede acompañar aquello que no conoce.

Durante años enseñamos a niñas y niños a no hablar con extraños en la calle, a no aceptar regalos de desconocidos y a regresar temprano a casa. Hoy ese extraño ya no necesariamente espera en una esquina. Puede aparecer en una red social o en una plataforma de mensajería oculto detrás de un perfil aparentemente inofensivo.

Organismos como UNICEF y la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) han advertido que estos espacios digitales también pueden ser utilizados por organizaciones criminales para acercarse a niñas, niños y adolescentes. REDIM estima que entre 145 mil y 250 mil menores en el país se encuentran en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos. Ese dato, por sí solo, debería bastar para entender que los riesgos de la infancia ya no están únicamente fuera de casa.

Pero el problema va también más allá del crimen organizado. Están el ciberacoso, las estafas, la manipulación, la desinformación y la exposición permanente a contenidos que muchas veces los adultos desconocemos por completo.

Mientras el mundo digital cambia a una velocidad vertiginosa, las familias, las escuelas y las instituciones apenas intentan alcanzarlo.

Por eso la respuesta no puede ser únicamente prohibir. Tampoco vigilar cada movimiento, pues es imposible. La mejor protección sigue siendo el acompañamiento.

Vale la pena sentarse alguna vez a jugar con ellos, pedirles que nos expliquen qué aplicación utilizan, con quién pueden conversar, si cualquiera puede escribirles o cómo funcionan esos espacios donde pasan buena parte de su tiempo. Revisar juntos la configuración de privacidad, hablar sobre los riesgos de compartir información personal y mantener una conversación abierta sigue siendo mucho más efectivo que confiar únicamente en un control parental.

Porque educar hoy ya no consiste solamente en preguntar dónde están nuestros hijos, también nos exige interesarnos por los sus nuevos modelos de socialización y entretenimiento.

La próxima vez que veas a tu hijo jugando en su cuarto, quizá no sea suficiente con saber que está ahí.

Tal vez la pregunta más importante sea otra: ¿sabe realmente dónde está jugando?

Y, sobre todo, ¿sabes con quién?

¿Vivirán mejor nuestros hijos?

¿Y si la mayor crisis de México no fuera la inseguridad, ni la inflación, ni el bajo crecimiento económico? ¿Y si el verdadero problema fuera que millones de personas están dejando de creer en la cultura del esfuerzo?

El peso de la duda radica especialmente entre los más jóvenes. Cada vez son más quienes se preguntan si realmente vale la pena seguir estudiando, aprender idiomas, ser disciplinado en el trabajo o incluso hacer un posgrado cuando saben que al final, el punto de partida sigue pesando más que el esfuerzo. 

Y cuando una generación comienza a perder esa convicción, el problema deja de ser solamente económico.

Durante décadas, las familias mexicanas hicieron enormes sacrificios porque confiaban en una promesa muy sencilla, que los hijos vivirían mejor que sus padres y los padres mejor que los abuelos. Esa promesa social dio sentido al trabajo cotidiano de millones de personas. No prometía riqueza, prometía progreso.

Hoy esa promesa empieza a resquebrajarse.

No se trata únicamente de una percepción. Los datos del más reciente Informe de Movilidad Social en México, elaborado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), con el respaldo de la Fundación Espinosa Rugarcía, muestran que el 73 por ciento de quienes nacen en los hogares con menores ingresos permanece en esa misma condición. El estudio divide a la población en cinco grupos de ingreso, del 20 por ciento más pobre al 20 por ciento más rico, y confirma que pasar del primero al último sigue siendo una excepción. La educación continúa siendo una herramienta indispensable, pero por sí sola ya no logra compensar completamente el peso del origen, y pareciera que ya no recompensa el esfuerzo de años.

Éste no es solamente un dato económico. Es una llamada de atención sobre el tipo de país que estamos construyendo.

Los gobiernos no sólo gobiernan con presupuestos, leyes o programas sociales, también gobiernan con expectativas. Y quizá ninguna expectativa sea más importante que la posibilidad de que una generación viva mejor que la anterior. Esa convicción sostiene la confianza en el futuro, da sentido al esfuerzo y mantiene viva la idea de que respetar las reglas, estudiar y trabajar sigue siendo el mejor camino para salir adelante.

Cuando millones de jóvenes empiezan a dudar de esa promesa, comienza a erosionarse uno de los pilares más importantes de cualquier sociedad. No porque las instituciones desaparezcan, sino porque deja de existir la certeza de que pueden ofrecer oportunidades reales para progresar.

Por eso el mayor reto del Estado mexicano no es administrar la pobreza. Debe ser la construcción de un país donde el esfuerzo vuelva a ser el camino más seguro para mejorar la vida.

Cada gobierno presume las obras que inaugura, los programas que crea o las inversiones que atrae. Pero quizá deberíamos empezar a evaluarlos con una pregunta mucho más sencilla. ¿Están logrando que los hijos vivan mejor que sus padres?

Ésa debería ser la medida definitiva del éxito de cualquier gobierno. Porque cuando un país deja de ofrecer esa posibilidad, no sólo se rompe laescalera social, lo que se rompe, es la esperanza.

PRD Estado de México promueve defensa de los derechos y la autonomía de las mujeres

NEZAHUALCÓYOTL, Estado de Mexico a 2 de agosto del 2026. — Con el objetivo de promover la defensa integral de los derechos de las mujeres, impulsar su empoderamiento y garantizar el pleno ejercicio de su libertad, se llevó a cabo en este municipio el taller denominado “Derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas”.

El taller impartido por la especialista María Belén Herrero Martín, enfocó su ponencia en la importancia de la autonomía femenina, la perspectiva de género y los derechos humanos, destacando la lucha histórica en la que han conquistado libertades y derechos, así como los retos que aún están pendientes.

Durante su intervención, brindó herramientas para la reflexión sobre la necesidad de crear espacios donde las mujeres puedan desarrollarse plenamente en todos los ámbitos de la sociedad, reafirmando que el derecho a tomar las riendas de su propio futuro es un pilar fundamental para la equidad.

El taller promovido de manera conjunta por la Dirección del PRD Estado de México y la diputada Araceli Casasola, reunió a mujeres de Nezahualcóyotl con el objetivo de mantener el compromiso de avanzar en una agenda que garantice la justicia social, la protección y la ampliación de los derechos de las ciudadanas mexiquenses.

El evento congregó a destacados liderazgos e integrantes de la Dirección y órganos internos del partido, entre ellos Amin Moreno, Federico Aguilar, Juan Olvera, Ericka Peralta, Zurisaday Rodríguez, Daniel Morales, Selene Alonso, Xóchitl Limón, Karina Tellez, Juan Olvera, entre otros.

La verdadera distancia de viajar al mar en vacaciones

Consideremos a Carlos. Tiene 42 años, trabaja en una empresa de servicios y gana 28,000 pesos mensuales. Su esposa, Mariana, es maestra de primaria y gana 22,000 pesos. Entre los dos suman 50,000 pesos al mes. Tienen cuatro hijos: dos en primaria, uno en secundaria y otro en preparatoria. Viven en una casa que renta por 8,000 pesos. Cuando llegan las vacaciones de verano, como ahora, la gente en las redes sociales comparte fotos de playas y atardeceres. Carlos y Mariana miran esas fotos desde la cocina mientras hacen cuentas.

Empecemos por lo básico. La colegiatura de los cuatro hijos suma 6,500 pesos mensuales. No es una escuela cara. Es una escuela privada modesta, porque la escuela pública en su colonia está saturada. El diplomado que Carlos está tomando para mejorar su posición en el trabajo cuesta 1,200 pesos mensuales. La gasolina del carro, que usa para ir al trabajo y llevar a los niños a la escuela, cuesta alrededor de 4,000 pesos mensuales, aproximadamente un tanque a la semana. El peaje de la carretera que toma cada día: 1,800 pesos mensuales. El seguro del carro: 1,500 pesos. Hace tres semanas se voló una llanta al pasar un bache en la avenida. La reparación costó 1,800 pesos. Eso fue dinero que no estaba presupuestado.

Luego está la comida. Hace un año, el gasto semanal de la despensa en el supermercado era de 3,000 pesos. Ahora es de 4,500 pesos. No están comprando cosas diferentes. Es la misma lista: leche, huevos, pollo, verduras, arroz, frijoles. Lo mismo cuesta un 50% más. El gasto mensual en alimentos es ahora de 18,000 pesos. Eso es más de un tercio del ingreso total de la familia.

Hay más. El teléfono celular de cada hijo: 300 pesos mensuales cada uno, son 1,200 pesos. Pero Carlos y Mariana también necesitan líneas de teléfono para trabajar y estar comunicados. Eso suma otros 600 pesos. El internet de la casa: 1,050 pesos mensuales, porque los aumentos en las tarifas han sido constantes. Netflix, porque los hijos necesitan entretenimiento: 369 pesos. Spotify plan familiar: 239 pesos. Y Canva, que ahora es una herramienta básica que los niños usan para la escuela: 149 pesos mensuales. El dentista llamó hace poco. El hijo mayor necesita brackets. El tratamiento cuesta 18,000 pesos, pagaderos en 12 meses. Eso son 1,500 pesos mensuales adicionales durante el próximo año.

Hagamos la suma. Renta: 8,000. Colegiatura: 6,500. Diplomado: 1,200. Gasolina: 4,000. Peaje: 1,800. Seguro del carro: 1,500. Comida: 18,000. Teléfono: 1,800. Internet: 1,050. Netflix: 369. Spotify: 239. Canva: 149. Brackets: 1,500. Eso suma 47,607 pesos. Y no hemos contado ropa, medicinas, útiles escolares, reparaciones de la casa, o cualquier imprevisto. Carlos y Mariana ganan 50,000 pesos. Les quedan 2,393 pesos para todo lo demás.

Cuando llegan las vacaciones escolares, los gastos no bajan. Al contrario, suben. Los hijos están en casa todo el día. La comida se consume más rápido. Mariana no tiene guardería donde dejar a los dos menores mientras trabaja, así que tiene que pedir permiso sin goce de sueldo. Eso significa que durante las seis semanas de vacaciones, la familia pierde aproximadamente 5,500 pesos de su ingreso mensual.

Entonces aparece la pregunta que Carlos y Mariana se hacen cada julio: ¿cómo hacemos para que los niños no se aburran en casa? ¿Podemos llevarlos a la playa? ¿Al menos a un parque? ¿A comer algo diferente un domingo?

La respuesta es no. No pueden. No hay dinero. No hay margen. Cada peso está asignado. Cada gasto está calculado. No hay sorpresas permitidas, porque una sorpresa significa que algo más no se paga.

Esto no es una historia de lujo perdido. No es nostalgia por vacaciones en Cancún o Acapulco. Es la historia de millones de familias mexicanas que ganan lo suficiente para no ser pobres, pero no lo suficiente para vivir sin ansiedad. Familias que trabajan, que ahorran, que hacen todo bien, y aun así descubren cada mes que el dinero no alcanza.

Lo que sorprende no es que Carlos y Mariana no puedan ir a la playa. Lo que sorprende es que nadie en el gobierno parezca verlos. Los números están ahí. La canasta básica se duplicó. Los salarios no se movieron. Las colegiaturas suben cada año. Los servicios se encarecen. Las herramientas que antes eran lujo ahora son necesidad, y también cuestan. Pero en algún lugar, alguien sigue diciendo que la economía está bien, que hay estabilidad, que hay crecimiento.

Carlos y Mariana no piden vacaciones. Piden que el dinero que ganan alcance para vivir sin hacer acrobacias. Piden que en el supermercado no tengan que elegir entre proteína y verduras. Piden que sus hijos no pasen el verano encerrados en una casa porque no hay dinero para nada más. Piden, simplemente, que la vida sea viable.

Pero mientras las redes sociales se llenan de playas y atardeceres, Carlos y Mariana están en la cocina, con la calculadora, haciendo cuentas. Y descubriendo, una vez más, que no hay forma de que los números cierren. Que la verdadera distancia que los separa del mar no se mide en kilómetros. Se mide en pesos que no existen.

México ¿Y si sí?

¿Por qué nuestras mayores alegrías nacionales duran noventa minutos?

No hay nada más esperanzador y democrático que un gol.

Durante unos segundos desaparecen las diferencias políticas, económicas y sociales. El empresario y el trabajador de la construcción, la estudiante y el jubilado, quien votó por un partido y quien votó por otro, todos gritan lo mismo. Todos creen que, esta vez, sí se puede.

Por eso el fútbol nunca ha sido solamente fútbol.

Como ha escrito Juan Villoro en distintas ocasiones, el fútbol también es un espejo donde un país proyecta sus ilusiones, sus frustraciones y, sobre todo, su necesidad de creer. Cuando juega México, no sólo esperamos un resultado. Esperamos una alegría.

Y eso dice mucho de nosotros.

El sociólogo Émile Durkheim llamó “efervescencia colectiva” a esos momentos extraordinarios en los que una comunidad deja de sentirse un conjunto de individuos para convertirse, aunque sea por un instante, en una sola emoción. Basta ver a millones de personas abrazarse en el después de un gol para entender que tenía razón.

Las sociedades necesitan esos momentos. Necesitan recordar que pueden ganar.

El psiquiatra Viktor Frankl escribió que el ser humano puede soportar casi cualquier circunstancia cuando conserva una razón para esperar. Tal vez por eso un triunfo deportivo produce algo más profundo que alegría, produce esperanza.

Esta semana y si nuestros deseos se cumplen, días después también, familias enteras y grupos de amigos se reunirán alrededor de un televisor. Ya sea en su hogar, ya sea en un restaurante o en un bar, con un solo deseo, ver ganar a la selección. Esa alegría colectiva es legítima y necesaria.

La pregunta que está en boca de todos: ¿y si sí? ¿Y si sí avanzamos a la siguiente ronda? ¿Y si sí podemos ser campeones del mundo? Es la frase que nos define. Refleja quiénes somos: un pueblo que vive de la esperanza, que cree en lo posible incluso cuando las probabilidades parecen remotas. Esa es nuestra fortaleza, nuestro combustible.

Lo hermoso de estos noventa minutos es que nos recuerdan algo que olvidamos en la rutina: que somos capaces de sentir juntos, de creer juntos, de querer lo mismo al mismo tiempo. Eso no es poco. Eso es casi todo.

Entonces, mientras celebramos con toda la emoción que merecemos, quizá valga la pena preguntarnos: ¿y si sí extendemos esa fe más allá del partido? No como denuncia, sino como invitación. ¿Y si sí canalizamos esa energía que nos une en la cancha hacia las cosas que nos unen en la vida cotidiana? ¿Y si sí nos atrevemos a creer con la misma intensidad en nuestras calles, en nuestras comunidades, en la convivencia de millones de ciudadanos día a día?

Yo por mi parte, cuando juegue México, estaré frente a la tele, acompañado de mi familia. Gritaré cada llegada, sufriré cada jugada y, si cae un gol, lo celebraré como estoy seguro que millones de mexicanos lo harán. Tengo mi esperanza puesta en ello. Tengo mi veladora prendida.

El lujo más caro de un papá

Hay miles de padres mexiquenses que este domingo abrazarán a sus hijos unas cuantas horas. El lunes volverán a salir de casa antes del amanecer y regresarán cuando ellos ya estén dormidos, no porque así lo quieran, sino porque así lo impone una realidad hecha de largas jornadas laborales, traslados interminables y un costo de vida que obliga a trabajar cada vez más para alcanzar cada vez menos.

El Día del Padre nunca ha ocupado el mismo lugar que el Día de la Madre, durante décadas pensamos que la principal obligación de un padre era una sola: salir a trabajar. Y aunque esa responsabilidad sigue siendo fundamental para millones de hombres, la paternidad empezó a cambiar muy rápido en relativamente poco tiempo.

Hoy también hay padres que preparan el desayuno, llevan a sus hijos a la escuela, acuden a consultas médicas, ayudan con las tareas, cambian pañales, cuidan solos a sus hijos después de un divorcio o tras la pérdida de su pareja. La familia mexicana cambió y también cambiaron las formas de ejercer la paternidad. Los propios datos del INEGI muestran la diversidad de los hogares mexicanos y que existen familias monoparentales encabezadas tanto por mujeres como por hombres, una realidad que poco a poco deja de ser excepcional.

Sin embargo, nuestras políticas públicas parecen seguir ancladas en la idea de que el padre solamente es proveedor.

En el Estado de México hay miles de hombres que pasan entre cuatro y seis horas diarias en traslados. Hemos hablado muchas veces del aumento en el costo del transporte público, del tiempo perdido en el tráfico, de la inseguridad en la combi,  y de las largas distancias entre la vivienda y el empleo. Todo eso tiene un impacto económico, pero también uno profundamente humano: les roba tiempo con sus hijos.

Y el tiempo no vuelve.

Hay niños que crecieron viendo salir a su papá cuando todavía era de noche y regresar cuando ellos ya estaban dormidos. No por falta de cariño. No por desinterés. Sino porque el modelo de movilidad, los bajos salarios y las jornadas excesivas les impidieron estar presentes.

Por eso creo que ya es momento de dejar de hablar únicamente de las obligaciones de los padres y empezar a hablar también de sus derechos.

El derecho a un transporte público digno.

El derecho a jornadas laborales compatibles con la vida familiar.

El derecho a licencias suficientes para cuidar.

El derecho a participar plenamente en la crianza de sus hijos.

Porque fortalecer a las familias no depende solamente del esfuerzo de quienes las integran. También requiere gobiernos que entiendan que el tiempo es una política pública.

Además, ignorar este problema tiene consecuencias. El estrés crónico, el agotamiento y las enfermedades derivadas de jornadas excesivas terminan llegando a un sistema público de salud que ya enfrenta enormes retos. Cuidar el tiempo de las familias también es prevenir enfermedades y reducir costos sociales.

Este Día del Padre vale la pena reconocer a quienes todos los días hacen un enorme esfuerzo por sostener a sus familias, pero el mejor homenaje no son los regalos ni las felicitaciones, es construir un Estado donde ser un padre presente no dependa de sacrificar el empleo o recorrer cuatro horas diarias para llegar a casa.

Porque una familia fuerte necesita ingresos, sí. Pero también necesita tiempo. Y hoy, para miles de padres mexiquenses, el tiempo se ha convertido en el lujo más caro de todos.

Arturo Piña García afirma: El Sur del Estado de México retomará su rol como bastión fundamental del PRD

Tejupilco, Estado de México, a 16 de junio de 2026. – En un evento significativo para el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en el Estado de México, Arturo Piña García, presidente de la Dirección Estatal Ejecutiva, encabezó la toma de protesta de Rodolfo Elizalde Albiter como nuevo coordinador de vinculación ciudadana para la elaboración de la Plataforma Electoral para el municipio de Tejupilco.

Durante su intervención, Piña García reafirmó la histórica relevancia del sur mexiquense para el perredismo y proyectó su consolidación como un pilar fundamental del partido.

Piña García, quien asumió la presidencia estatal del PRD en marzo de 2025, destacó que la región sur ha sido, y sigue siendo, el corazón y la fuerza del partido.

“Existen las condiciones, la madurez y el trabajo político para que el sur del Estado de México vuelva a consolidarse como el gran bastión del Partido de la Revolución Democrática”, enfatizó ante estructuras locales y liderazgos de la región.

La renovación de los comités en el sur no es un acto meramente simbólico, sino el inicio de una etapa de evaluación permanente y de un despliegue territorial que revitaliza las estructuras del Sol Azteca.

“El dinamismo y la historia de lucha de los municipios sureños serán el motor que contagie de entusiasmo a todo el territorio mexiquense”, aseguró Piña García, subrayando la importancia estratégica de esta región para el futuro político del PRD.

Al formalizar el nombramiento de Rodolfo Elizalde, el dirigente estatal le encomendó la misión de mantener una política de puertas abiertas y de proximidad social.

“A partir de este momento, te conviertes en los pies, los brazos, las manos, pero sobre todo, en los oídos y los ojos del PRD en Tejupilco. La confianza y la lealtad no se compran ni se venden, se ganan caminando junto a la gente y demostrando con hechos el amor por esta tierra”, concluyó el presidente estatal, instando a una labor cercana y comprometida con la ciudadanía.

Tras rendir la protesta de ley estatutaria, Rodolfo Elizalde Albiter pronunció un discurso cargado de emoción y compromiso social, en el que convocó a la ciudadanía a sumarse a un proyecto de resultados.

Al abordar la realidad económica de la demarcación, Elizalde Albiter definió a Tejupilco como una auténtica tierra de oportunidades y de comercio, la cual es urgente consolidar un mercado dinámico en el que converjan los productos de toda la región sur del Estado de México, especialmente considerando que este municipio representa una parte importante del producto interno bruto de la entidad.

El nuevo coordinador para la construcción de la plataforma electoral perredista alzó la voz por los jóvenes universitarios de la región, de quienes dijo muchos se ven obligados a emigrar ante la falta de opciones de empleo, además de lamentar que en muchas ocasiones, las empresas externas que llegan al municipio, no otorguen las oportunidades de trabajo a los habitantes de la zona.

Finalmente, Rodolfo Elizalde Albiter reiteró que el PRD en Tejupilco será una fuerza inclusiva donde haya espacio para todos, jóvenes, empresarios, adultos mayores, madres solteras, campesinos y ganaderos.

Al evento asistieron Javier Rivera Escalona, Julieta Bautista, Ericka Peralta, Ricardo Salinas Sixto, Héctor Bautista, Alejandro Dávila, José Juan Barrientos, Jesús Aguilar Espiridión, integrantes de la Dirección y órganos internos del PRD Estado de México.

La política del caos

El politólogo alemán Ralf Dahrendorf dedicó buena parte de su obra a demostrar que el conflicto no es una enfermedad de la democracia. Por el contrario, es una consecuencia natural de una sociedad libre. Donde existen ciudadanos capaces de organizarse, expresar inconformidades y defender sus intereses, inevitablemente existirán diferencias, tensiones y conflictos.

La democracia necesita conflicto. Lo que no puede permitirse es convertir el conflicto en un modelo permanente de gobernabilidad.

Vale la pena recordarlo porque durante las últimas semanas millones de personas en la Ciudad de México y en toda la zona metropolitana del Valle de México han vivido las consecuencias de una política que parece cada vez más acostumbrada a administrar crisis que a resolver problemas.

Bloqueos, marchas, plantones, avenidas cerradas, estaciones saturadas y horas interminables perdidas en el transporte se han vuelto parte de la rutina diaria. Mientras dirigentes sindicales y funcionarios negocian en mesas de diálogo, millones de ciudadanos simplemente intentan llegar a su trabajo, a la escuela o a una cita médica.

Los conflictos sociales cumplen una función importante. A lo largo de la historia, muchos avances democráticos surgieron precisamente de ellos. Los derechos laborales, la jornada de ocho horas, el voto de las mujeres o los movimientos por los derechos civiles fueron resultado de ciudadanos organizados para exigir cambios. Muchas veces los conflictos no crean los problemas, simplemente los hacen visibles y obligan a las instituciones a mirar aquello que durante años prefirieron ignorar.

Por eso las protestas forman parte de cualquier democracia sana. Lo preocupante es cuando parece que sólo mediante el conflicto se consigue atención. Cuando un problema únicamente se atiende después de bloquear una carretera, cerrar una avenida o paralizar una ciudad, la señal que reciben todos los demás sectores es muy clara: para ser escuchados primero hay que generar presión.

Y entonces el conflicto deja de ser una excepción para convertirse en una regla.

Los mexiquenses conocemos bien las consecuencias de esa lógica. Miles de personas salen de sus hogares antes del amanecer para recorrer trayectos que en ocasiones superan las dos horas de ida y otras dos de regreso. Cuando una vialidad principal es bloqueada, el caos se multiplica. El Metro se satura aún más, las combis y autobuses resultan insuficientes, los tiempos de traslado se disparan y muchas personas terminan caminando kilómetros adicionales para poder avanzar apenas unos cuantos metros.

Lo que para algunos actores representa una estrategia legítima de presión política, para millones de familias significa agotamiento físico, estrés, gastos adicionales y una calidad de vida cada vez más deteriorada.

Pero existe una consecuencia todavía más delicada. Entre quienes quedan atrapados en medio de estos conflictos también hay personas que intentan llegar a consultas médicas, tratamientos especializados o estudios clínicos que tardaron semanas o incluso meses en conseguir. Para alguien que espera una cita en un hospital de especialidad, perder una consulta puede significar retrasar un diagnóstico o posponer un tratamiento indispensable.

Por eso las democracias maduras no se distinguen porque nadie proteste. Se distinguen porque las instituciones son capaces de escuchar antes de que sea necesario protestar.

Escuchar a tiempo. Dialogar a tiempo. Resolver a tiempo.

Esa es la verdadera función de la política.

Los conflictos son necesarios porque permiten visibilizar problemas y obligan a los gobiernos a corregir errores. Sin conflicto no hay cambio. Pero una democracia no puede vivir indefinidamente del conflicto.

La democracia necesita conflicto. Lo que no puede permitirse es convertir el conflicto en un modelo permanente de gobernabilidad.

Cuando eso ocurre, las instituciones dejan de conducir a la sociedad y comienzan simplemente a reaccionar ante ella. El gobierno pierde la capacidad de anticiparse, construir acuerdos y resolver los problemas antes de que estallen.

Y cuando la política deja de resolver para limitarse a administrar crisis, lo que aparece ya no es gobernabilidad.

Es, simplemente, la política del caos.

El silencio no es opción, la democracia exige voces

La libertad de expresión suele entenderse como un derecho de periodistas, medios de comunicación o figuras públicas.

Pero en realidad es algo mucho más profundo, es uno de los pilares que sostienen a cualquier democracia.

Porque una democracia no solamente se define por elecciones. También se define por la posibilidad de cuestionar al poder, denunciar abusos, expresar desacuerdos y permitir que existan voces distintas sin miedo a represalias.

Por eso, cuando la democracia comienza a erosionarse, una de las primeras señales aparece justamente en la libertad de expresión.

No siempre de manera abierta, no siempre mediante censura directa.

A veces ocurre lentamente, con miedo, con violencia, con autocensura. Con periodistas que dejan de investigar ciertos temas porque saben que hacerlo puede costarles la vida.

México conoce bien esa realidad.

En distintos estados del país, particularmente en regiones golpeadas por el crimen organizado, muchos periodistas han tenido que aprender a callar para sobrevivir.

Ha ocurrido en Sinaloa, Veracruz, Edomex, Michoacán, por regiones o en zonas completas donde informar sobre narcotráfico, corrupción o violencia significa colocarse en riesgo permanente.

Y quizá lo más grave es que poco a poco la sociedad empieza a normalizarlo.

Como si fuera natural que existan temas prohibidos.
Como si hubiera territorios donde preguntar ya no fuera posible.
Como si el silencio fuera parte inevitable de la vida pública.

Pero una democracia nunca debería acostumbrarse al silencio.

Porque cuando un periodista calla por miedo, también pierde información toda la sociedad.

Ryszard Kapuscinski decía que para ejercer el periodismo primero había que ser buena persona, porque el verdadero periodismo implica comprender a los otros y acercarse a la realidad de la gente.

Y justamente ahí está el fondo del problema.

La libertad de expresión no existe solamente para proteger opiniones. Existe para proteger la verdad pública.

Existe para que el poder tenga límites, para que los abusos puedan conocerse, para que la corrupción pueda exhibirse, para que las víctimas puedan ser escuchadas.

La historia mundial demuestra que las democracias se fortalecen cuando existen periodistas capaces de investigar con libertad.

El caso Watergate en Estados Unidos permitió exhibir abusos de poder que terminaron provocando la renuncia del presidente Richard Nixon.

Los Papeles de Panamá revelaron redes internacionales de evasión fiscal, corrupción y ocultamiento de recursos.

En México también existen investigaciones periodísticas que ayudaron a visibilizar casos de corrupción, desapariciones, conflictos de interés y violaciones a derechos humanos que probablemente jamás habrían salido a la luz sin una prensa libre.

Por eso defender la libertad de expresión no es defender solamente a los medios de comunicación, es defender el derecho de la sociedad a conocer la verdad.

Y hoy el riesgo no proviene únicamente de la violencia criminal.

También existe una erosión social más silenciosa.

La polarización, la agresividad política, el insulto permanente.
Las redes sociales convertidas muchas veces en espacios donde pensar distinto parece motivo suficiente para destruir al otro.

Todo eso va deteriorando la conversación pública.

Y una democracia sin conversación termina debilitándose desde dentro.

Porque el problema no comienza cuando se prohíbe hablar, el problema comienza cuando las personas prefieren callar.

Un país donde la gente tiene miedo de hablar nunca termina de ser libre.

Y quizá el mayor desafío democrático de México hoy no es solamente garantizar elecciones libres.

Es garantizar que la verdad todavía pueda decirse sin miedo.

Por eso, conmemorando el Día de la Libertad de Expresión, también vale la pena reconocer a quienes siguen ejerciendo el periodismo aun en medio de la presión, la violencia, las amenazas y el desgaste diario.

A quienes siguen siendo incómodos para el poder.
A quienes siguen preguntando.
A quienes siguen investigando.
A quienes siguen narrando la realidad aunque muchas veces hacerlo implique riesgos personales.

A los periodistas que todos los días intentan plasmar la realidad en periódicos, portales de noticias, estaciones de radio, canales de televisión y espacios digitales, mi solidaridad y reconocimiento.

Porque el periodismo nació para incomodar al poder, no para hacer caravana frente a él.