
Hay millones de mexiquenses que todos los días salen de madrugada a partirse la madre para sacar adelante a sus familias. Se levantan antes de las cinco de la mañana, pasan dos o tres horas atrapados entre tráfico y transporte, trabajan jornadas larguísimas y regresan pensando cómo van a pagar la renta, la comida, la escuela.
Quizá uno de los problemas más graves de México es que ese desgaste ya se volvió normal. Normal vivir cansado. Normal dormir poco. Normal sentir ansiedad por dinero. Normal vivir con miedo. Normal llegar agotado incluso antes de empezar el día siguiente.
México sigue siendo uno de los países donde más horas se trabajan dentro de la OCDE. Mientras en varios países europeos las jornadas rondan entre mil 300 y mil 500 horas al año, en México el promedio supera las dos mil 200 horas laborales anuales.
El problema nunca fue que el mexicano no trabajara. El mexicano trabaja muchísimo. El problema es que trabaja demasiado y cada vez vive menos.
En la Zona Metropolitana del Valle de México el desgaste no termina al salir del trabajo. Millones de personas invierten entre dos y cuatro horas diarias en traslados. Eso significa cerca de mil horas al año atrapados en tráfico o transporte público. Más de cuarenta días completos únicamente trasladándose.
Ahí aparece algo profundamente injusto: la pobreza de tiempo. Porque la pobreza ya no solamente es no tener dinero. También es no tener tiempo para descansar, para convivir con los hijos, para hacer ejercicio, para dormir bien. No tener tiempo para vivir.
Es lo que el cantautor Rockdrigo González capturó en su canción “No tengo tiempo”: ese sentimiento de ser una máquina, una sombra borrosa, una tuerca en un engranaje que no nos deja espacio para cambiar, para respirar. La máquina nos ha vuelto automáticos, caminamos sin rumbo, masticando verdades gastadas. Y aunque sabemos que aún hay tiempo para atracar en un puerto seguro, cada día ese puerto se ve más lejano.
Y a todo eso se suma la incertidumbre permanente. La gasolina sube. La tortilla sube. La renta sube. El transporte sube. Las deudas crecen. Y el dinero rinde menos cada quincena.
Entonces el cuerpo empieza a cobrar factura. El estrés crónico genera cansancio emocional, pero también hipertensión, ansiedad, depresión, insomnio, gastritis, problemas cardiovasculares y agotamiento mental permanente.
De acuerdo con cifras del IMSS, alrededor del 75 por ciento de los trabajadores mexicanos padecen algún nivel de estrés laboral. Estamos hablando de un problema social masivo.
Y aquí hay una responsabilidad pública que no puede ignorarse. Cuando los gobiernos permiten ciudades donde la gente pierde horas enteras en movilidad, donde la inseguridad obliga a vivir en alerta permanente y donde el costo de vida rebasa el ingreso de las familias, el desgaste emocional deja de ser un asunto individual. Se vuelve consecuencia de un modelo que el Estado ha sido incapaz de corregir.
Es como si viviéramos en una ciudad construida para el agotamiento. Cada estructura, cada decisión de política pública, cada falta de inversión en transporte, conspira para que el ciudadano promedio llegue completamente vaciado. No es un accidente. Es un sistema.
Y tarde o temprano esa factura llega al sistema público de salud, ya debilitado y saturado, que tendrá que enfrentar el aumento de enfermedades asociadas al estrés crónico, la ansiedad y los padecimientos cardiovasculares derivados de una sociedad bajo tensión permanente. Y todavía está la inseguridad. Salir con miedo al asalto. Mandar ubicación en tiempo real. Evitar ciertas calles. Mirar constantemente hacia atrás. Todo eso también desgasta emocionalmente, afectando la manera en que convivimos, descansamos e imaginamos el futuro.
El problema ya no es solamente cuánto gana una familia. Es cuánto desgaste emocional cuesta sobrevivir en México. Quizá lo más preocupante no es el cansancio mismo, sino que ya nos acostumbramos. Nos acostumbramos al estrés, al agotamiento, a vivir acelerados. Y una sociedad que normaliza el cansancio corre el riesgo de olvidar cómo era vivir con tranquilidad.
