Los mexiquenses no tienen tiempo de cambiar su vida

Hay millones de mexiquenses que todos los días salen de madrugada a partirse la madre para sacar adelante a sus familias. Se levantan antes de las cinco de la mañana, pasan dos o tres horas atrapados entre tráfico y transporte, trabajan jornadas larguísimas y regresan pensando cómo van a pagar la renta, la comida, la escuela.

Quizá uno de los problemas más graves de México es que ese desgaste ya se volvió normal. Normal vivir cansado. Normal dormir poco. Normal sentir ansiedad por dinero. Normal vivir con miedo. Normal llegar agotado incluso antes de empezar el día siguiente.

México sigue siendo uno de los países donde más horas se trabajan dentro de la OCDE. Mientras en varios países europeos las jornadas rondan entre mil 300 y mil 500 horas al año, en México el promedio supera las dos mil 200 horas laborales anuales.

El problema nunca fue que el mexicano no trabajara. El mexicano trabaja muchísimo. El problema es que trabaja demasiado y cada vez vive menos.

En la Zona Metropolitana del Valle de México el desgaste no termina al salir del trabajo.  Millones de personas invierten entre dos y cuatro horas diarias en traslados. Eso significa cerca de mil horas al año atrapados en tráfico o transporte público. Más de cuarenta días completos únicamente trasladándose.

Ahí aparece algo profundamente injusto: la pobreza de tiempo. Porque la pobreza ya no solamente es no tener dinero. También es no tener tiempo para descansar, para convivir con los hijos, para hacer ejercicio, para dormir bien. No tener tiempo para vivir.

Es lo que el cantautor Rockdrigo González capturó en su canción “No tengo tiempo”: ese sentimiento de ser una máquina, una sombra borrosa, una tuerca en un engranaje que no nos deja espacio para cambiar, para respirar. La máquina nos ha vuelto automáticos, caminamos sin rumbo, masticando verdades gastadas. Y aunque sabemos que aún hay tiempo para atracar en un puerto seguro, cada día ese puerto se ve más lejano.

Y a todo eso se suma la incertidumbre permanente. La gasolina sube. La tortilla sube. La renta sube. El transporte sube. Las deudas crecen. Y el dinero rinde menos cada quincena.

Entonces el cuerpo empieza a cobrar factura. El estrés crónico genera cansancio emocional, pero también hipertensión, ansiedad, depresión, insomnio, gastritis, problemas cardiovasculares y agotamiento mental permanente.

De acuerdo con cifras del IMSS, alrededor del 75 por ciento de los trabajadores mexicanos padecen algún nivel de estrés laboral. Estamos hablando de un problema social masivo.

Y aquí hay una responsabilidad pública que no puede ignorarse. Cuando los gobiernos permiten ciudades donde la gente pierde horas enteras en movilidad, donde la inseguridad obliga a vivir en alerta permanente y donde el costo de vida rebasa el ingreso de las familias, el desgaste emocional deja de ser un asunto individual. Se vuelve consecuencia de un modelo que el Estado ha sido incapaz de corregir.

Es como si viviéramos en una ciudad construida para el agotamiento. Cada estructura, cada decisión de política pública, cada falta de inversión en transporte, conspira para que el ciudadano promedio llegue completamente vaciado. No es un accidente. Es un sistema.

Y tarde o temprano esa factura llega al sistema público de salud, ya debilitado y saturado, que tendrá que enfrentar el aumento de enfermedades asociadas al estrés crónico, la ansiedad y los padecimientos cardiovasculares derivados de una sociedad bajo tensión permanente. Y todavía está la inseguridad. Salir con miedo al asalto. Mandar ubicación en tiempo real. Evitar ciertas calles. Mirar constantemente hacia atrás. Todo eso también desgasta emocionalmente, afectando la manera en que convivimos, descansamos e imaginamos el futuro.

El problema ya no es solamente cuánto gana una familia. Es cuánto desgaste emocional cuesta sobrevivir en México. Quizá lo más preocupante no es el cansancio mismo, sino que ya nos acostumbramos. Nos acostumbramos al estrés, al agotamiento, a vivir acelerados. Y una sociedad que normaliza el cansancio corre el riesgo de olvidar cómo era vivir con tranquilidad.

El país que dejó solos a sus maestros

En México, millones de maestras y maestros siguen entrando todos los días a un salón de clases intentando sostener algo que el propio Estado parece haber dejado de cuidar hace tiempo: el futuro del país.

Lo hacen entre carencias, rezagos acumulados, grupos saturados y escuelas que, en muchos casos, ni siquiera cuentan con las condiciones mínimas para enseñar en un mundo globalizado.

Mientras otras naciones preparan generaciones para competir en programación, innovación y tecnología, millones de estudiantes mexicanos siguen aprendiendo sin internet, sin computadoras y, a veces, hasta sin electricidad.

Y quizá ahí está una de las discusiones más incómodas de nuestro tiempo: México no solamente dejó solos a sus maestros. También está dejando atrás a las generaciones que deberán competir contra el mundo.

Los datos son demoledores.

Según cifras retomadas por el IMCO sobre el ciclo escolar 2024-2025, el 20 por ciento de las escuelas del país no tiene electricidad.

  • El 64 por ciento no cuenta con internet.
  • Menos del 40% por ciento dispone de computadoras para actividades educativas.
  • Un tercio sigue sin acceso adecuado a agua potable,
  • y apenas el 20 por ciento tiene infraestructura adaptada para estudiantes con discapacidad.

Es decir, millones de niñas, niños y jóvenes están intentando construir su futuro en condiciones profundamente desiguales frente al resto del mundo.

Y aun así, el país sigue esperando que los maestros resuelvan solos lo que el Estado no ha sido capaz de garantizar.

Porque hoy el maestro mexicano no solamente enseña.

También enfrenta rezagos de aprendizaje derivados de pandemia, contiene problemas emocionales, se enfrenta a entornos francamente violentos, intenta reducir desigualdades sociales dentro del aula y trabaja, sin herramientas tecnológicas suficientes para preparar a sus alumnos frente a una economía cada vez más competitiva y digitalizada.

México le exige resultados de primer mundo a docentes que trabajan bajo condiciones de abandono institucional.

Y mientras eso ocurre, el rezago educativo comienza a transformarse en algo todavía más grave: una desventaja estructural para el país entero.

Los resultados internacionales lo reflejan con claridad. México permanece entre los últimos lugares de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan competencias básicas en matemáticas. El problema ya no es solamente cuántos niños van a la escuela. El problema es cuántos realmente están aprendiendo lo necesario para competir en un mundo que avanza cada vez más rápido.

Ahí está el verdadero riesgo nacional.

Porque las economías más fuertes entendieron hace años que la educación no es gasto público, sino inversión estratégica. Los países que hoy lideran innovación, productividad y desarrollo tecnológico comenzaron fortaleciendo sus sistemas educativos, modernizando sus escuelas y preparando generaciones capaces de competir globalmente.

México, en cambio, sigue intentando incorporarse al futuro mientras millones de alumnos estudian en condiciones propias del pasado.

Y esa desigualdad ya empezó a heredarse.

Un niño que hoy aprende sin internet, sin herramientas digitales y con rezagos educativos no competirá mañana bajo las mismas condiciones que otros jóvenes del mundo. La desventaja comienza desde el aula.

Por eso el problema no es solamente cuánto gana un maestro.

El problema es cuánto pierde un país cuando deja solos a quienes todavía intentan sostener su futuro dentro de un salón de clases.

Porque mientras millones de docentes siguen haciendo lo imposible para educar generaciones completas, el Estado mexicano parece haber normalizado algo peligrosísimo: que las nuevas generaciones aprendan en desventaja.

Y ningún país se desarrolla condenando a sus niños a competir desde atrás.

10 de mayo: en el país donde ser mamá cuesta demasiado

Más allá de las mañanitas, más allá de las flores y más allá del acto oficial, los datos duros son duros y contundentes: en México, la vida cotidiana de millones de madres sigue marcada por el aumento en el costo de vivir, por la carga desigual del trabajo no remunerado, por la violencia y por la inseguridad para moverse, trabajar y cuidar. La conmemoración existe, pero la deuda también.

La inflación general anual fue de casi 5% en la primera quincena de abril de 2026. La canasta alimentaria sigue presionando el gasto familiar. Las frutas y verduras aumentaron también en 5% en febrero, mientras el precio de alimentos básicos mantiene una presión constante sobre los hogares; comer no es un acto simbólico, es una negociación diaria con el monedero de las jefas de familia.

Más allá del discurso del bienestar, los datos duros son estos: las mujeres en México 40 horas semanales al trabajo no remunerado, 21 horas más que los hombres. El 65% de su tiempo total de trabajo se concentra en labores sin salario, principalmente cuidado, limpieza, alimentación y atención familiar. Esto significa que la maternidad y el sostenimiento del hogar siguen descansando sobre una estructura profundamente desigual donde millones de mujeres trabajan más, cobran menos y descansan menos.

Más allá del homenaje, algunos datos son estos: 70 % de las mujeres de 15 años o más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, no se trata de casos aislados. Es una condición estructural. Para millones de madres, cuidar no solo significa alimentar o educar, también significa sobrevivir, protegerse y proteger a sus hijas e hijos en un país donde la violencia sigue siendo parte de la rutina.

Más allá de la foto familiar, los datos duros son estos: en 2024 se registraron 1,672,227 nacimientos en México y una proporción significativa de madres enfrenta la crianza en condiciones de mayor fragilidad económica o sin una red suficiente de respaldo. La maternidad real no siempre se parece al ideal publicitario del 10 de mayo. Muchas veces se parece más a jornadas dobles, precariedad y responsabilidad acumulada.

Más allá del “feliz día”, los datos duros son estos: moverse también cuesta. En el Estado de México, el transporte público incrementó su tarifa mínima de 12 a 14 pesos en octubre de 2025, un aumento de 17%. Para una madre trabajadora que traslada hijos a la escuela, se mueve a su empleo y regresa a casa, el transporte representa gasto creciente, desgaste físico y exposición constante al acoso o la inseguridad. No es movilidad. Muchas veces es resistencia cotidiana.

Más allá del festival escolar, los datos duros son estos: llevar hijos a clases implica tiempo, logística, dinero y energía. Uniformes, útiles, transporte, horarios fragmentados y traslados largos forman parte de una economía invisible que rara vez aparece en el discurso oficial, pero que define buena parte de la vida diaria de millones de mujeres.

Más allá de los aplausos, los datos duros son estos: México sigue descansando en el trabajo de las madres mientras les ofrece condiciones insuficientes para sostener esa responsabilidad. El país les exige resolver alimentación, cuidado, escuela, salud, seguridad emocional y estabilidad económica, incluso cuando el entorno se vuelve más caro y más hostil.

Porque mientras el discurso político insiste en hablar de bienestar, millones de madres siguen enfrentando una realidad donde la inflación golpea la mesa, la violencia condiciona la calle y la desigualdad organiza el hogar.

Celebrar a mamá está bien, pero en un país donde vivir, cuidar y proteger cuesta cada vez más, felicitar sin transformar empieza a parecer una forma de evasión.

Infancia en México: crecer en desventaja ya es la regla

“Los niños no son el futuro, son ciudadanos de ahora con preocupaciones y derechos.” (Enfoque de la sociología contemporánea de la infancia)

En México hay 36.2 millones de niñas, niños y adolescentes. No son el futuro, son el presente. Y aun así, son el grupo más vulnerable del país.

Casi la mitad vive en pobreza. Son 17 millones de niñas y niños creciendo con carencias en alimentación, salud, vivienda o servicios básicos. No es un dato aislado, es la condición en la que se está formando una generación completa.

En salud, el problema cambia de forma pero no de fondo. Más de una tercera parte de los niños entre 5 y 11 años vive con sobrepeso u obesidad.

En educación, el acceso ya no es el principal reto.

El problema es lo que ocurre dentro del aula. Una proporción importante de jóvenes de 15 años no alcanza niveles básicos en lectura y matemáticas, se gradúan, pero no aprenden. Llegan a la vida adulta y de competencia laboral sin herramientas reales.

El problema no está en un sector. Está en todos.

México destina alrededor del 2.4 por ciento del producto interno bruto a políticas dirigidas a la infancia, por debajo de lo que invierten otros países de la región. Y aun ese recurso se dispersa en programas que no se articulan entre sí, no son auditables o simplemente no funcionan.

La ley reconoce derechos, el presupuesto no los garantiza, por eso la infancia en México no enfrenta un solo problema. Enfrenta un sistema que no logra protegerla.

Crecer en pobreza, enfermar sin atención o estudiar sin aprender no son excepciones. Es el destino de millones de niñas y niños

Cada 30 de abril se repiten los discursos, se habla de felicidad, de futuro, de oportunidades. Pero los datos dicen otra cosa.

Porque si hoy casi la mitad de la infancia vive en pobreza, si millones no están aprendiendo lo básico y si las condiciones de desarrollo siguen siendo desiguales, entonces el problema no está en el mañana, está hoy, está en el presente que estamos construyendo.

El problema no es el futuro de la niñez, es el país que hoy no está siendo capaz de construirlo.

La tortilla en el Edomex: del origen a la incertidumbre en la mesa

Hay alimentos que quitan el hambre. Y hay otros que sostienen una forma de vida; el maíz, sin duda, es uno de ellos.

​En lo que hoy es el Estado de México, el maíz no es solo un cultivo: es memoria, es trabajo y es comunidad. Nuestros pueblos originarios no lo convirtieron en símbolo por discurso, sino por necesidad. De esa necesidad nació nuestra tortilla: simple, cotidiana, indispensable e instintivamente vital.

​Ahí están los pueblos otomíes, mazahuas, nahuas, matlatzincas y tlahuicas. Distintos entre sí, pero con una raíz compartida: hicieron del maíz la columna vertebral de la existencia. Gracias a ellos, la tortilla se convirtió en nuestro alimento diario; sagrado, digno y bendito.

​Y sigue siéndolo.

​Por eso, cuando sube el precio de la tortilla, no hablamos de una cifra más en la estadística. Es un golpe directo al corazón del hogar.

​En el Estado de México, donde millones de familias organizan su gasto alrededor de lo más básico, el aumento al kilo de tortilla pega justo donde no hay margen de maniobra. No hay sustituto, no hay alternativa, no hay forma de esquivarlo. Nuestra tortilla está en nuestras mesas todos los días, y cuando ella se encarece, se encarece la vida misma.

​El problema es que el aumento no viene solo. En las últimas semanas han subido también el jitomate, el pollo, el huevo y el aceite. Poco a poco, producto por producto, la mesa se va achicando. Lo que antes era rutina, hoy exige cuentas matemáticas. Lo que antes alcanzaba, hoy ya no.

​Hablemos de los taqueros: subir uno o dos pesos a cada taco es una realidad inevitable para ellos. ¿El resultado? Los clientes consumen un taco menos. Esto no es solo economía; es una pérdida de dignidad. Esto no es bienestar.

​Puede parecer un detalle menor o anecdótico, pero no lo es. Es la forma más cruda de medir cómo el encarecimiento de lo básico se mete en la intimidad de la vida diaria, en el taco de cada jornada. La tortilla es el alimento más cercano, más constante y más democrático que existe.

​Hace unos días, desde las esferas del poder, se habló de un “ligero aumento al precio de la tortilla”. Ligero en el discurso, pero pesado en la mesa. Porque cuando el precio sube —aunque digan que es “poco”— lo que baja es el consumo. Baja la cantidad en el plato, bajan las porciones y, por consecuencia, baja la calidad de vida.

​Cuando lo más básico obliga a comer menos, lo que está fallando no es el mercado: es el compromiso con el bienestar social.

La historia del maíz habla de resistencia, pero el precio de la tortilla hoy nos habla de una profunda fragilidad institucional.

Crueldad sin límites: Denuncia PRD ‘exterminio animal’ sistemático en Tecámac

•⁠ ⁠Amin Moreno critica el abismo ético en Morena, que contrasta la agenda animalista de la gobernadora, con la política de aniquilación operada en Tecámac
•⁠ ⁠”el exterminio institucionalizado” contradice los principios de bienestar animal promovidos por el gobierno estatal, expresó Amin Moreno
•⁠ ⁠Acusa fracaso en la estrategia de salud pública de la hoy senadora de Morena, tras sustituir programas de esterilización por una matanza sistemática de seres sintientes

COACALCO, Estado de México a 16 de abril del 2026.- En entrevista con medios de comunicación, el secretario de Jóvenes del PRD Estado de México, Amín Moreno, lanzó una dura crítica contra la gestión de la hoy senadora de Morena, Mariela Gutiérrez, tras la revelación de cifras que documentan el sacrificio de más de 10 mil caninos durante su administración en Tecámac, calificando estos hechos como un “exterminio institucionalizado” que contradice los principios de bienestar animal promovidos por el gobierno estatal.

De acuerdo con el líder perredista, los registros oficiales muestran una escalada sistemática en las muertes, lo que inició como una cifra de cientos de sacrificios anuales, escaló hasta superar los 2,000 casos por año.

“Optaron por la vía más simplista y cruel, el exterminio, en lugar de atacar las causas de la sobrepoblación con educación y esterilización masiva, la administración de Gutiérrez eligió la aniquilación”, aseveró el secretario.

“Estas acciones son una muestra más de la incongruencia dentro del llamado movimiento de la Cuarta Transformación, que por un lado promueven el bienestar animal, y por el otro hacen lo contrario”, señaló.

Amin Moreno calificó como un “abismo ético” el hecho de que funcionarios del mismo partido manejen discursos opuestos en la práctica de gobierno, además de lanzar el cuestionamiento a la interpretación de la ley por parte de la ahora legisladora, a quien retó a presentar el sustento constitucional que, según ella, avala estas acciones.

En este tenor lanzo la pregunta “¿En qué párrafo de nuestra Carta Magna se avala el asesinato de seres vivos como método de control poblacional?”, cuestionó Moreno, calificando la postura de la senadora como una muestra de “mediocridad política”.

Finalmente, Amin Moreno exigió que la protección animal en el Estado de México deje de ser una “simulación de campaña” y que realmente haya vigilancia estrecha sobre las políticas municipales de control animal para evitar que se repitan episodios de “exterminio” bajo el amparo de la salud pública.

Edomex, la despensa y el tanque a medio llenar

Se dice que, en la política, lo que no se ve en el presupuesto, no existe. Pero en el Estado de México, lo que no se ve en la mesa de las familias es lo que realmente cuenta. Hoy vivimos una paradoja dolorosa: mientras el Gobierno Federal y el estatal presumen cifras de “estabilidad”, los mexiquenses libramos una batalla diaria contra una carestía que no da tregua.

Una cosa es la cifra que se presenta en las mañaneras y otra muy distinta es la que se vive en el mercado de la colonia. En marzo, la inflación oficial se situó en un 4.59%. Para un economista en un escritorio, puede parecer un dato bajo control; para una madre de familia en San José del Rincón o Ecatepec, es una burla. Ese porcentaje no refleja que el jitomate aumentó más del 30% en solo quince días, ni que las frutas y verduras han subido, en promedio, un 20% anual.

El motor de esta inflación tiene nombre y apellido: el fracaso de la política energética. Nos prometieron, una y otra vez, que los combustibles no subirían. Nos vendieron la idea de que comprar la refinería de Deer Park en Texas y construir la de Dos Bocas en Tabasco nos daría soberanía y precios bajos.

¿Cuál es la realidad hoy, en abril de 2026? La gasolina Magna ha tocado máximos históricos, superando en muchas estaciones los $25.00 pesos por litro, y en zonas con logística complicada, acercándose peligrosamente a los $30.00. El gobierno se escuda en “factores externos”, pero la verdad es que la inversión multimillonaria en refinerías no ha servido para mitigar el golpe al bolsillo.

Cuando la gasolina sube, sube todo: sube el flete de la verdura, sube el pasaje del transporte público y sube el costo de producción de cualquier producto básico. Es un círculo vicioso donde el pueblo siempre pierde. Estamos resolviendo más problemas con el mismo sueldo, porque mientras los precios vuelan, los salarios apenas caminan.

No hay mesa en nuestro Estado de México que se precie de serlo sin un buen guisado, sus tortillas calientes y ese aroma a hogar. Pero hoy, ese cariño con el que se cocina ya no rinde igual. Lo que antes era el ingrediente base de cada comida, hoy es un lujo que se piensa dos veces antes de echar a la bolsa del mandado.

Asistir al súper o a tianguis se ha vuelto una experiencia angustiante. Ver cómo el carrito y las bolsas se llenan menos cada quincena mientras el ticket de pago crece es una afrenta a la dignidad del trabajador.

Pero la mortificación no termina en el supermercado. Al calvario de la canasta básica hay que sumarle el abandono de nuestras vialidades. La actual administración estatal ha minimizado sistemáticamente el estado de nuestras carreteras y avenidas. Cualquier ciudadano que use su vehículo para trabajar —ya sea un taxi, un camión de carga o el auto familiar— sabe que transitar por el Estado de México es una carrera de obstáculos. Los baches no son solo “molestias”, son trampas que destrozan suspensiones, revientan llantas y afectan el patrimonio de quienes menos tienen. ¿Quién paga esas refacciones? El ciudadano. Es un doble castigo: pagas una gasolina carísima para circular por calles que parecen zonas de guerra.

No basta con programas sociales si la inflación se los devora antes de que lleguen a la mesa. Es necesario exigir cuentas claras: ¿Dónde está el beneficio de las refinerías? ¿Por qué se prefiere gastar en obras faraónicas mientras la despensa y los tanques de gasolina están a medio llenar solo para librar lo básico?

En el Estado de México no queremos “otros datos”. Queremos que el dinero alcance, que las calles sean seguras y que la comida deje de ser un lujo. Porque al final del día, ni todo el amor ni todas las promesas de campaña alcanzan para poner comida en la mesa.

​“LA JUVENTUD NO DEBE PEDIR PERMISO PARA TRANSFORMAR EL EDOMEX”: ARTURO PIÑA GARCÍA

  • ​En el PRD no queremos espectadores, queremos protagonistas; las puertas están abiertas para proponer sin ataduras, afirmó el dirigente estatal
  • ​A través del taller “Juventud sin permiso”, el Sol Azteca impulsa el relevo generacional y la incidencia ciudadana desde el activismo

​TOLUCA, Estado de México, a 13 de abril de 2026. — Con un llamado disruptivo a la acción, el PRD Estado de México llevó a cabo el taller “Juventud sin permiso: el futuro ya llegó”, un encuentro diseñado para romper las barreras tradicionales de la política y consolidar la ruta del relevo generacional en la entidad.

​Durante la apertura, Arturo Piña García, Presidente del PRD Estado de México, fue enfático al señalar que, en esta nueva etapa del partido como fuerza local, el Sol Azteca se convierte en la plataforma más abierta para quienes buscan incidir en la vida pública sin filtros ni burocracias.

​”El PRD Estado de México está listo para escucharlos, pero sobre todo para verlos actuar. Ustedes son fundamentales en el quehacer actual del estado; su participación no es una concesión, es un derecho. Los jóvenes no deben pedir permiso para aportar o transformar; su energía es la que nuestra democracia necesita hoy mismo”, afirmó Piña García.

​Por su parte, la politóloga y asesora legislativa Daniela Segura, encargada de impartir el taller, brindó herramientas estratégicas para la incidencia ciudadana. Destacó que el impacto político de la juventud no debe estar condicionado a la obtención de un cargo público.

“La política se hace desde cualquier trinchera. Se puede transformar el entorno desde el activismo y la propuesta técnica; no hace falta ocupar una silla en el gobierno para empezar a mejorar nuestra realidad”, puntualizó.

​El evento, que reunió a cuadros jóvenes de diversos municipios, fue promovido por Amin Moreno Lojero, Secretario de Juventudes, y *Karen Odette Ortega Aguilar”, representante ante el Observatorio de Participación Política de las Mujeres en el Edomex, quienes coincidieron en que la política mexiquense requiere una visión crítica, fresca y proactiva.

​Al encuentro asistieron integrantes de la Dirección y órganos internos, entre ellos Javier Rivera Escalona, Héctor Bautista, Selene Alonso, Ericka Peralta, Martín Velázquez Soriano, Julieta Bautista, Juan Olvera, Federico Aguilar, Karina Tellez y Jesús Aguilar, quienes respaldaron la iniciativa de empoderar a las nuevas generaciones bajo la premisa de una política “sin permiso”.

​Con estas acciones, el PRD Estado de México reafirma su compromiso de ser el espacio donde las ideas jóvenes se conviertan en políticas públicas reales, apostando por una renovación auténtica de sus liderazgos.

Vacaciones sin salir, descansar se volvió un lujo

El derecho al descanso no es un privilegio. El derecho al esparcimiento tampoco debería serlo. Pero en México, hoy, ambos empiezan a sentirse como algo reservado para unos cuantos.

En plena temporada vacacional, cuando millones de niñas, niños y jóvenes deberían estar saliendo, conociendo, divirténdose, conviviendo, la realidad es otra: cada vez más familias simplemente no pueden. Y no es casualidad.

Hoy, en la zona metropolitana del Valle de México, hay estaciones donde la gasolina ya roza los 27 y hasta 28 pesos por litro. El diésel (que mueve alimentos, transporte y mercancías) se paga a 26 y 27 pesos.

Cuando inició este gobierno, la gasolina rondaba los 22 pesos. Hoy  sufrimos de aumentos de hasta 5 o 6 pesos por litro en distintos puntos del país.

Este incremento no se queda en la gasolinera. Se traslada a la despensa: tortilla, huevo, pollo, aceite, jitomate; y también se traslada a algo que pocas veces se mide: la posibilidad de salir, de convivir, de disfrutar.

Porque cuando la vida se encarece, lo primero que se recorta no es el gasto obligatorio. Es el gasto que da sentido a la vida.

Y hoy, salir también se encareció de forma evidente.

En los últimos meses, los boletos de avión en rutas nacionales han registrado aumentos que en temporadas vacacionales pueden superar el 20 o incluso 30 por ciento respecto a años recientes.

Los autobuses foráneos también han ajustado tarifas por el costo del diésel.

Y los hoteles, particularmente en destinos turísticos, han incrementado precios por encima de la inflación general, en muchos casos entre 10 y 25 por ciento.

Es decir: no solo es más caro vivir. También es más caro salir de esa rutina.

Si en casa ya no alcanza para completar la despensa, mucho menos alcanza para pagar vacaciones.

Las familias hacen lo que pueden. Reducen planes, buscan espacios gratuitos, cambian viajes por días de campo y caminatas.

Lo normal ahora es simplemente quedarse en casa. Y eso es desigualdad.

Antes y esto no es nostalgia, es memoria colectiva, muchas familias hacían un esfuerzo por salir unos días, por visitar a familiares, por cambiar de entorno, aunque fuera de forma modesta. Hoy incluso eso se vuelve cuesta arriba.

Porque no es solo el costo del destino, es el costo de llegar, es el costo de moverse. Es el costo acumulado de una economía donde todo está atravesado por el precio del combustible.

En el Estado de México esto es todavía más evidente.

Millones de personas viven en trayectos largos, en traslados diarios, en una lógica donde el transporte no es opción, es obligación.

Y ese transporte ya subió en 2025.

A eso se suma que comer fuera, aunque sea un taco o una torta entre trayectos, también cuesta más.

Es decir, cuesta más vivir y también cuesta más descansar de esa vida.

Ese es el punto que no se está viendo.

El bienestar no puede medirse solo en si alcanza para lo básico, que ya no alcanza.

El bienestar también implica tiempo, espacio y condiciones para convivir, para salir, para romper la rutina, cuando eso desaparece, lo que se pierde no es solo dinero. Se pierde calidad de vida.

Se pierde tejido social. Se pierde infancia. Se pierde comunidad. Se pierden momentos qué recordar de familia.

Desde el PRD la exigencia es clara: el bienestar tiene que ser real y completo. No basta con sobrevivir, las familias mexicanas tienen derecho a vivir, a descansar, a convivir. Porque las vacaciones no deberían ser solo días sin trabajar. Deberían ser días de gozo y diversión, de experimentar cosas no cotidianas.

Y hoy, para millones, eso ya no está ocurriendo.

Tultepec: cuando la tradición ilumina al Estado de México

“Quizás nada es más universal y al mismo tiempo más identitario que las fiestas”. La frase es del historiador mexicano Enrique Florescano, quien dedicó buena parte de su obra a estudiar la memoria histórica y la cultura política de México. Cuando Florescano habla de las fiestas no se refiere sólo a una celebración del calendario. Se refiere a algo mucho más profundo: al momento en que una comunidad se reconoce, reafirma su historia y transmite a las nuevas generaciones aquello que la mantiene unida.

En México, las fiestas patronales han cumplido esa función durante siglos. No son un simple evento religioso ni una tradición pintoresca que sobrevive por costumbre. Son espacios donde se reconstruye el tejido social, donde los vecinos se organizan, cooperan y recuerdan que forman parte de una comunidad concreta. En las fiestas de pueblo se aprende algo que a veces olvidamos en la vida pública contemporánea: que la convivencia, la solidaridad y la identidad no se decretan desde el poder; se construyen entre las personas.

Los estudios históricos y antropológicos han mostrado que muchas de estas celebraciones tienen raíces profundas en la historia de nuestro territorio. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos ya realizaban ceremonias colectivas vinculadas con el ciclo agrícola, con la tierra, con el maíz y con la lluvia. Con la colonización y la evangelización esas prácticas se transformaron. Los antiguos rituales adoptaron nuevos símbolos, nuevos calendarios y nuevos nombres, pero conservaron una lógica comunitaria que sigue viva hasta nuestros días.

Por eso las fiestas patronales tienen varias dimensiones al mismo tiempo. Desde luego está la dimensión religiosa, la devoción que reúne a las familias alrededor de una imagen o de un santo protector. Pero también está la dimensión social: la organización colectiva, el trabajo compartido, la cooperación entre vecinos que hace posible la celebración. Y hay, además, una dimensión profundamente política en el sentido más amplio de la palabra. Política entendida no como disputa partidista, sino como la forma en que una comunidad se organiza, se reconoce y ejerce su capacidad de actuar como un nosotros.

Las fiestas de pueblo recuerdan algo esencial: que la vida pública no sólo se construye desde las instituciones, también desde las tradiciones que fortalecen el vínculo entre las personas.

En el Estado de México existen muchos ejemplos de esa fuerza cultural. Pero pocos tan claros como el de Tultepec, un municipio cuyo nombre proviene del náhuatl y significa “en el cerro del tule”. Con el paso del tiempo, ese pueblo fue construyendo una identidad muy particular que hoy lo distingue en todo el país: la pirotecnia.

Desde hace cerca de dos siglos, familias enteras han transmitido el conocimiento de la pólvora, de los castillos y de los toritos pirotécnicos de generación en generación. Ese oficio artesanal no sólo sostiene la economía local; también define el orgullo y la identidad de la comunidad. Tultepec es reconocido en todo México como el corazón de la pirotecnia y sus artesanos han llevado su trabajo a celebraciones dentro y fuera del país.

Pero en Tultepec la pirotecnia no puede separarse de la fe ni de la fiesta. El gremio de los pirotécnicos mantiene una devoción histórica a San Juan de Dios, considerado su protector. Cada año, alrededor de su festividad, el municipio celebra una de las tradiciones más intensas de la región, en la que la devoción religiosa, el trabajo artesanal y la convivencia comunitaria se entrelazan de manera natural.

Hace apenas unos días, en el marco de la Feria Internacional de la Pirotecnia de Tultepec, se realizaron nuevamente las fiestas patronales dedicadas a San Juan de Dios. Quien ha estado ahí sabe que no se trata solamente de un espectáculo de pólvora. Detrás de cada castillo encendido, de cada toro pirotécnico que recorre las calles, hay generaciones enteras de artesanos, familias completas que han hecho de ese oficio su vida y una comunidad que se reúne para celebrar lo que es.

En tiempos donde la vida pública parece cada vez más fragmentada y donde muchas veces predomina el individualismo, las fiestas de pueblo siguen cumpliendo una función que va mucho más allá de la tradición. Son uno de los pocos espacios donde el tejido social todavía se fortalece de manera natural. Donde el orgullo comunitario se comparte. Donde la identidad no se discute: se vive.

Quizá el maetro Enrique Florescano lo dijo mejor que nadie: pocas cosas son tan universales y tan identitarias como las fiestas. Después de ver a un pueblo reunido en torno a su tradición, queda claro por qué. Porque las fiestas no sólo celebran al pueblo. En realidad, son el momento en que el pueblo vuelve a recordarse a sí mismo.