El país que dejó solos a sus maestros

En México, millones de maestras y maestros siguen entrando todos los días a un salón de clases intentando sostener algo que el propio Estado parece haber dejado de cuidar hace tiempo: el futuro del país.

Lo hacen entre carencias, rezagos acumulados, grupos saturados y escuelas que, en muchos casos, ni siquiera cuentan con las condiciones mínimas para enseñar en un mundo globalizado.

Mientras otras naciones preparan generaciones para competir en programación, innovación y tecnología, millones de estudiantes mexicanos siguen aprendiendo sin internet, sin computadoras y, a veces, hasta sin electricidad.

Y quizá ahí está una de las discusiones más incómodas de nuestro tiempo: México no solamente dejó solos a sus maestros. También está dejando atrás a las generaciones que deberán competir contra el mundo.

Los datos son demoledores.

Según cifras retomadas por el IMCO sobre el ciclo escolar 2024-2025, el 20 por ciento de las escuelas del país no tiene electricidad.

  • El 64 por ciento no cuenta con internet.
  • Menos del 40% por ciento dispone de computadoras para actividades educativas.
  • Un tercio sigue sin acceso adecuado a agua potable,
  • y apenas el 20 por ciento tiene infraestructura adaptada para estudiantes con discapacidad.

Es decir, millones de niñas, niños y jóvenes están intentando construir su futuro en condiciones profundamente desiguales frente al resto del mundo.

Y aun así, el país sigue esperando que los maestros resuelvan solos lo que el Estado no ha sido capaz de garantizar.

Porque hoy el maestro mexicano no solamente enseña.

También enfrenta rezagos de aprendizaje derivados de pandemia, contiene problemas emocionales, se enfrenta a entornos francamente violentos, intenta reducir desigualdades sociales dentro del aula y trabaja, sin herramientas tecnológicas suficientes para preparar a sus alumnos frente a una economía cada vez más competitiva y digitalizada.

México le exige resultados de primer mundo a docentes que trabajan bajo condiciones de abandono institucional.

Y mientras eso ocurre, el rezago educativo comienza a transformarse en algo todavía más grave: una desventaja estructural para el país entero.

Los resultados internacionales lo reflejan con claridad. México permanece entre los últimos lugares de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Dos de cada tres estudiantes mexicanos no alcanzan competencias básicas en matemáticas. El problema ya no es solamente cuántos niños van a la escuela. El problema es cuántos realmente están aprendiendo lo necesario para competir en un mundo que avanza cada vez más rápido.

Ahí está el verdadero riesgo nacional.

Porque las economías más fuertes entendieron hace años que la educación no es gasto público, sino inversión estratégica. Los países que hoy lideran innovación, productividad y desarrollo tecnológico comenzaron fortaleciendo sus sistemas educativos, modernizando sus escuelas y preparando generaciones capaces de competir globalmente.

México, en cambio, sigue intentando incorporarse al futuro mientras millones de alumnos estudian en condiciones propias del pasado.

Y esa desigualdad ya empezó a heredarse.

Un niño que hoy aprende sin internet, sin herramientas digitales y con rezagos educativos no competirá mañana bajo las mismas condiciones que otros jóvenes del mundo. La desventaja comienza desde el aula.

Por eso el problema no es solamente cuánto gana un maestro.

El problema es cuánto pierde un país cuando deja solos a quienes todavía intentan sostener su futuro dentro de un salón de clases.

Porque mientras millones de docentes siguen haciendo lo imposible para educar generaciones completas, el Estado mexicano parece haber normalizado algo peligrosísimo: que las nuevas generaciones aprendan en desventaja.

Y ningún país se desarrolla condenando a sus niños a competir desde atrás.