10 de mayo: en el país donde ser mamá cuesta demasiado

Más allá de las mañanitas, más allá de las flores y más allá del acto oficial, los datos duros son duros y contundentes: en México, la vida cotidiana de millones de madres sigue marcada por el aumento en el costo de vivir, por la carga desigual del trabajo no remunerado, por la violencia y por la inseguridad para moverse, trabajar y cuidar. La conmemoración existe, pero la deuda también.

La inflación general anual fue de casi 5% en la primera quincena de abril de 2026. La canasta alimentaria sigue presionando el gasto familiar. Las frutas y verduras aumentaron también en 5% en febrero, mientras el precio de alimentos básicos mantiene una presión constante sobre los hogares; comer no es un acto simbólico, es una negociación diaria con el monedero de las jefas de familia.

Más allá del discurso del bienestar, los datos duros son estos: las mujeres en México 40 horas semanales al trabajo no remunerado, 21 horas más que los hombres. El 65% de su tiempo total de trabajo se concentra en labores sin salario, principalmente cuidado, limpieza, alimentación y atención familiar. Esto significa que la maternidad y el sostenimiento del hogar siguen descansando sobre una estructura profundamente desigual donde millones de mujeres trabajan más, cobran menos y descansan menos.

Más allá del homenaje, algunos datos son estos: 70 % de las mujeres de 15 años o más ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, no se trata de casos aislados. Es una condición estructural. Para millones de madres, cuidar no solo significa alimentar o educar, también significa sobrevivir, protegerse y proteger a sus hijas e hijos en un país donde la violencia sigue siendo parte de la rutina.

Más allá de la foto familiar, los datos duros son estos: en 2024 se registraron 1,672,227 nacimientos en México y una proporción significativa de madres enfrenta la crianza en condiciones de mayor fragilidad económica o sin una red suficiente de respaldo. La maternidad real no siempre se parece al ideal publicitario del 10 de mayo. Muchas veces se parece más a jornadas dobles, precariedad y responsabilidad acumulada.

Más allá del “feliz día”, los datos duros son estos: moverse también cuesta. En el Estado de México, el transporte público incrementó su tarifa mínima de 12 a 14 pesos en octubre de 2025, un aumento de 17%. Para una madre trabajadora que traslada hijos a la escuela, se mueve a su empleo y regresa a casa, el transporte representa gasto creciente, desgaste físico y exposición constante al acoso o la inseguridad. No es movilidad. Muchas veces es resistencia cotidiana.

Más allá del festival escolar, los datos duros son estos: llevar hijos a clases implica tiempo, logística, dinero y energía. Uniformes, útiles, transporte, horarios fragmentados y traslados largos forman parte de una economía invisible que rara vez aparece en el discurso oficial, pero que define buena parte de la vida diaria de millones de mujeres.

Más allá de los aplausos, los datos duros son estos: México sigue descansando en el trabajo de las madres mientras les ofrece condiciones insuficientes para sostener esa responsabilidad. El país les exige resolver alimentación, cuidado, escuela, salud, seguridad emocional y estabilidad económica, incluso cuando el entorno se vuelve más caro y más hostil.

Porque mientras el discurso político insiste en hablar de bienestar, millones de madres siguen enfrentando una realidad donde la inflación golpea la mesa, la violencia condiciona la calle y la desigualdad organiza el hogar.

Celebrar a mamá está bien, pero en un país donde vivir, cuidar y proteger cuesta cada vez más, felicitar sin transformar empieza a parecer una forma de evasión.

Infancia en México: crecer en desventaja ya es la regla

“Los niños no son el futuro, son ciudadanos de ahora con preocupaciones y derechos.” (Enfoque de la sociología contemporánea de la infancia)

En México hay 36.2 millones de niñas, niños y adolescentes. No son el futuro, son el presente. Y aun así, son el grupo más vulnerable del país.

Casi la mitad vive en pobreza. Son 17 millones de niñas y niños creciendo con carencias en alimentación, salud, vivienda o servicios básicos. No es un dato aislado, es la condición en la que se está formando una generación completa.

En salud, el problema cambia de forma pero no de fondo. Más de una tercera parte de los niños entre 5 y 11 años vive con sobrepeso u obesidad.

En educación, el acceso ya no es el principal reto.

El problema es lo que ocurre dentro del aula. Una proporción importante de jóvenes de 15 años no alcanza niveles básicos en lectura y matemáticas, se gradúan, pero no aprenden. Llegan a la vida adulta y de competencia laboral sin herramientas reales.

El problema no está en un sector. Está en todos.

México destina alrededor del 2.4 por ciento del producto interno bruto a políticas dirigidas a la infancia, por debajo de lo que invierten otros países de la región. Y aun ese recurso se dispersa en programas que no se articulan entre sí, no son auditables o simplemente no funcionan.

La ley reconoce derechos, el presupuesto no los garantiza, por eso la infancia en México no enfrenta un solo problema. Enfrenta un sistema que no logra protegerla.

Crecer en pobreza, enfermar sin atención o estudiar sin aprender no son excepciones. Es el destino de millones de niñas y niños

Cada 30 de abril se repiten los discursos, se habla de felicidad, de futuro, de oportunidades. Pero los datos dicen otra cosa.

Porque si hoy casi la mitad de la infancia vive en pobreza, si millones no están aprendiendo lo básico y si las condiciones de desarrollo siguen siendo desiguales, entonces el problema no está en el mañana, está hoy, está en el presente que estamos construyendo.

El problema no es el futuro de la niñez, es el país que hoy no está siendo capaz de construirlo.

La tortilla en el Edomex: del origen a la incertidumbre en la mesa

Hay alimentos que quitan el hambre. Y hay otros que sostienen una forma de vida; el maíz, sin duda, es uno de ellos.

​En lo que hoy es el Estado de México, el maíz no es solo un cultivo: es memoria, es trabajo y es comunidad. Nuestros pueblos originarios no lo convirtieron en símbolo por discurso, sino por necesidad. De esa necesidad nació nuestra tortilla: simple, cotidiana, indispensable e instintivamente vital.

​Ahí están los pueblos otomíes, mazahuas, nahuas, matlatzincas y tlahuicas. Distintos entre sí, pero con una raíz compartida: hicieron del maíz la columna vertebral de la existencia. Gracias a ellos, la tortilla se convirtió en nuestro alimento diario; sagrado, digno y bendito.

​Y sigue siéndolo.

​Por eso, cuando sube el precio de la tortilla, no hablamos de una cifra más en la estadística. Es un golpe directo al corazón del hogar.

​En el Estado de México, donde millones de familias organizan su gasto alrededor de lo más básico, el aumento al kilo de tortilla pega justo donde no hay margen de maniobra. No hay sustituto, no hay alternativa, no hay forma de esquivarlo. Nuestra tortilla está en nuestras mesas todos los días, y cuando ella se encarece, se encarece la vida misma.

​El problema es que el aumento no viene solo. En las últimas semanas han subido también el jitomate, el pollo, el huevo y el aceite. Poco a poco, producto por producto, la mesa se va achicando. Lo que antes era rutina, hoy exige cuentas matemáticas. Lo que antes alcanzaba, hoy ya no.

​Hablemos de los taqueros: subir uno o dos pesos a cada taco es una realidad inevitable para ellos. ¿El resultado? Los clientes consumen un taco menos. Esto no es solo economía; es una pérdida de dignidad. Esto no es bienestar.

​Puede parecer un detalle menor o anecdótico, pero no lo es. Es la forma más cruda de medir cómo el encarecimiento de lo básico se mete en la intimidad de la vida diaria, en el taco de cada jornada. La tortilla es el alimento más cercano, más constante y más democrático que existe.

​Hace unos días, desde las esferas del poder, se habló de un “ligero aumento al precio de la tortilla”. Ligero en el discurso, pero pesado en la mesa. Porque cuando el precio sube —aunque digan que es “poco”— lo que baja es el consumo. Baja la cantidad en el plato, bajan las porciones y, por consecuencia, baja la calidad de vida.

​Cuando lo más básico obliga a comer menos, lo que está fallando no es el mercado: es el compromiso con el bienestar social.

La historia del maíz habla de resistencia, pero el precio de la tortilla hoy nos habla de una profunda fragilidad institucional.

Edomex, la despensa y el tanque a medio llenar

Se dice que, en la política, lo que no se ve en el presupuesto, no existe. Pero en el Estado de México, lo que no se ve en la mesa de las familias es lo que realmente cuenta. Hoy vivimos una paradoja dolorosa: mientras el Gobierno Federal y el estatal presumen cifras de “estabilidad”, los mexiquenses libramos una batalla diaria contra una carestía que no da tregua.

Una cosa es la cifra que se presenta en las mañaneras y otra muy distinta es la que se vive en el mercado de la colonia. En marzo, la inflación oficial se situó en un 4.59%. Para un economista en un escritorio, puede parecer un dato bajo control; para una madre de familia en San José del Rincón o Ecatepec, es una burla. Ese porcentaje no refleja que el jitomate aumentó más del 30% en solo quince días, ni que las frutas y verduras han subido, en promedio, un 20% anual.

El motor de esta inflación tiene nombre y apellido: el fracaso de la política energética. Nos prometieron, una y otra vez, que los combustibles no subirían. Nos vendieron la idea de que comprar la refinería de Deer Park en Texas y construir la de Dos Bocas en Tabasco nos daría soberanía y precios bajos.

¿Cuál es la realidad hoy, en abril de 2026? La gasolina Magna ha tocado máximos históricos, superando en muchas estaciones los $25.00 pesos por litro, y en zonas con logística complicada, acercándose peligrosamente a los $30.00. El gobierno se escuda en “factores externos”, pero la verdad es que la inversión multimillonaria en refinerías no ha servido para mitigar el golpe al bolsillo.

Cuando la gasolina sube, sube todo: sube el flete de la verdura, sube el pasaje del transporte público y sube el costo de producción de cualquier producto básico. Es un círculo vicioso donde el pueblo siempre pierde. Estamos resolviendo más problemas con el mismo sueldo, porque mientras los precios vuelan, los salarios apenas caminan.

No hay mesa en nuestro Estado de México que se precie de serlo sin un buen guisado, sus tortillas calientes y ese aroma a hogar. Pero hoy, ese cariño con el que se cocina ya no rinde igual. Lo que antes era el ingrediente base de cada comida, hoy es un lujo que se piensa dos veces antes de echar a la bolsa del mandado.

Asistir al súper o a tianguis se ha vuelto una experiencia angustiante. Ver cómo el carrito y las bolsas se llenan menos cada quincena mientras el ticket de pago crece es una afrenta a la dignidad del trabajador.

Pero la mortificación no termina en el supermercado. Al calvario de la canasta básica hay que sumarle el abandono de nuestras vialidades. La actual administración estatal ha minimizado sistemáticamente el estado de nuestras carreteras y avenidas. Cualquier ciudadano que use su vehículo para trabajar —ya sea un taxi, un camión de carga o el auto familiar— sabe que transitar por el Estado de México es una carrera de obstáculos. Los baches no son solo “molestias”, son trampas que destrozan suspensiones, revientan llantas y afectan el patrimonio de quienes menos tienen. ¿Quién paga esas refacciones? El ciudadano. Es un doble castigo: pagas una gasolina carísima para circular por calles que parecen zonas de guerra.

No basta con programas sociales si la inflación se los devora antes de que lleguen a la mesa. Es necesario exigir cuentas claras: ¿Dónde está el beneficio de las refinerías? ¿Por qué se prefiere gastar en obras faraónicas mientras la despensa y los tanques de gasolina están a medio llenar solo para librar lo básico?

En el Estado de México no queremos “otros datos”. Queremos que el dinero alcance, que las calles sean seguras y que la comida deje de ser un lujo. Porque al final del día, ni todo el amor ni todas las promesas de campaña alcanzan para poner comida en la mesa.

Vacaciones sin salir, descansar se volvió un lujo

El derecho al descanso no es un privilegio. El derecho al esparcimiento tampoco debería serlo. Pero en México, hoy, ambos empiezan a sentirse como algo reservado para unos cuantos.

En plena temporada vacacional, cuando millones de niñas, niños y jóvenes deberían estar saliendo, conociendo, divirténdose, conviviendo, la realidad es otra: cada vez más familias simplemente no pueden. Y no es casualidad.

Hoy, en la zona metropolitana del Valle de México, hay estaciones donde la gasolina ya roza los 27 y hasta 28 pesos por litro. El diésel (que mueve alimentos, transporte y mercancías) se paga a 26 y 27 pesos.

Cuando inició este gobierno, la gasolina rondaba los 22 pesos. Hoy  sufrimos de aumentos de hasta 5 o 6 pesos por litro en distintos puntos del país.

Este incremento no se queda en la gasolinera. Se traslada a la despensa: tortilla, huevo, pollo, aceite, jitomate; y también se traslada a algo que pocas veces se mide: la posibilidad de salir, de convivir, de disfrutar.

Porque cuando la vida se encarece, lo primero que se recorta no es el gasto obligatorio. Es el gasto que da sentido a la vida.

Y hoy, salir también se encareció de forma evidente.

En los últimos meses, los boletos de avión en rutas nacionales han registrado aumentos que en temporadas vacacionales pueden superar el 20 o incluso 30 por ciento respecto a años recientes.

Los autobuses foráneos también han ajustado tarifas por el costo del diésel.

Y los hoteles, particularmente en destinos turísticos, han incrementado precios por encima de la inflación general, en muchos casos entre 10 y 25 por ciento.

Es decir: no solo es más caro vivir. También es más caro salir de esa rutina.

Si en casa ya no alcanza para completar la despensa, mucho menos alcanza para pagar vacaciones.

Las familias hacen lo que pueden. Reducen planes, buscan espacios gratuitos, cambian viajes por días de campo y caminatas.

Lo normal ahora es simplemente quedarse en casa. Y eso es desigualdad.

Antes y esto no es nostalgia, es memoria colectiva, muchas familias hacían un esfuerzo por salir unos días, por visitar a familiares, por cambiar de entorno, aunque fuera de forma modesta. Hoy incluso eso se vuelve cuesta arriba.

Porque no es solo el costo del destino, es el costo de llegar, es el costo de moverse. Es el costo acumulado de una economía donde todo está atravesado por el precio del combustible.

En el Estado de México esto es todavía más evidente.

Millones de personas viven en trayectos largos, en traslados diarios, en una lógica donde el transporte no es opción, es obligación.

Y ese transporte ya subió en 2025.

A eso se suma que comer fuera, aunque sea un taco o una torta entre trayectos, también cuesta más.

Es decir, cuesta más vivir y también cuesta más descansar de esa vida.

Ese es el punto que no se está viendo.

El bienestar no puede medirse solo en si alcanza para lo básico, que ya no alcanza.

El bienestar también implica tiempo, espacio y condiciones para convivir, para salir, para romper la rutina, cuando eso desaparece, lo que se pierde no es solo dinero. Se pierde calidad de vida.

Se pierde tejido social. Se pierde infancia. Se pierde comunidad. Se pierden momentos qué recordar de familia.

Desde el PRD la exigencia es clara: el bienestar tiene que ser real y completo. No basta con sobrevivir, las familias mexicanas tienen derecho a vivir, a descansar, a convivir. Porque las vacaciones no deberían ser solo días sin trabajar. Deberían ser días de gozo y diversión, de experimentar cosas no cotidianas.

Y hoy, para millones, eso ya no está ocurriendo.

Chalma: Donde el Baile es Ofrenda y la Esperanza vive

Ya se siente en el aire mexiquense ese murmullo que no es del viento, sino de miles de pasos que golpean el asfalto y los caminos de terracería. Son los chalmeros, esa estirpe de fe que convierte las carreteras hacia Ocuilan y Malinalco en un río humano. Se les ve desde la autopista Chamapa- Lechería, Huixquilucan, La Marquesa, Cuajimalpa o atravesando Toluca, con el rostro curtido por el sol y la mirada puesta en un horizonte de esperanza. Es el inicio de la Semana Santa, y el Estado de México se vuelca en cuerpo y alma hacia su santuario más sagrado, rescatando una tradición que nos define como pueblo: la de no rendirse nunca.

​En un país donde la economía y el sistema a veces parece cerrarnos todas las puertas y el costo de la vida aprieta el corazón de los padres de familia, la peregrinación a Chalma surge como un acto de resistencia. No se va al santuario por inercia; se va porque mientras haya fe, hay una salida. Para el trabajador que se truena los dedos para surtir la despensa , pagar la escuela o el tratamiento del familiar enfermo, el camino a Chalma es el espacio donde se depositan las angustias y se recoge la fuerza necesaria para seguir dando la batalla en el día a día.

​La estampa del peregrino es heroica y profundamente conmovedora. Muchos caminan de sol a sol, desafiando el frío punzante de la madrugada en caminos terrosos, cargando literalmente su cruz: pesadas maderas al hombro o imágenes del Señor de Chalma que parecen ganar peso con cada kilómetro. Al llegar, las heridas en los pies son el testimonio de un sacrificio que busca sanación para un enfermo o el simple milagro de la paz en el hogar. Es el cuerpo el que sufre, pero es el espíritu el que se fortalece con cada paso.

​Al llegar al santuario, el cansancio se transforma en ritual. El acto de colocarse la corona de flores y bailar frente al Señor no es un simple folclore; es una de las expresiones más puras de nuestra identidad. Es decirle a la adversidad que, a pesar de todo, todavía tenemos ritmo y alegría para agradecer. Ese baile es una ofrenda viva, un lenguaje que solo el mexicano entiende: el de enfrentar los retos con la cabeza en alto y el corazón dispuesto a la fiesta sagrada.

​En el trayecto, la geografía se vuelve solidaria. No se entiende este cuadro sin el paso por el Ahuehuete, donde el agua lava el sudor de la jornada. Pero destaca, sobre todo, la bondad de los desconocidos que ofrecen café o agua al caminante. Esa solidaridad silenciosa nos recuerda que, en las tierras mexiquenses, nadie camina solo. Es la mano del prójimo haciendo más amable el peregrinar, demostrando que la caridad es el pegamento que mantiene unida a nuestra sociedad en los momentos de prueba.

​La logística de esta fe es una proeza familiar. Mientras unos caminan días enteros, otros ya se preparan para el reencuentro en el santuario. Es un espectáculo ver cómo las familias se buscan entre la multitud para fundirse en abrazos que borran cualquier fatiga. Esta unión mantiene vivo un hilo de identidad que ni la modernidad ha podido cortar; es el relevo generacional donde los abuelos enseñan a los nietos que la fe es la brújula que nos guía cuando el camino se pone oscuro.

​Pero el viaje no termina en el altar. Tras cumplir la manda, la jornada se transforma en una convivencia necesaria. Las familias bajan a los balnearios de Malinalco u Ocuilan para sacudirse el polvo y “dejar su lanita” con gusto. Es el momento del descanso merecido, donde el agua de la alberca y la carnita asada compartida entre risas y anécdotas sellan el pacto de unidad. Esta derrama económica es vital para la región, pues la fe de los visitantes sostiene el sustento de miles de familias locales que viven de este fervor.

​Ser chalmero es, en esencia, una forma de entender la vida. Es saber que ante la enfermedad o la crisis, siempre queda el recurso de la fe y el consuelo de la comunidad. El Santuario del Señor de Chalma nos enseña que mientras haya un camino que recorrer, una corona de flores que vestir y una familia con quien compartir la mesa, habrá esperanza. Porque en este rincón del Estado de México, caminar es orar y bailar es la forma más valiente de decir que estamos vivos.

Democracia en modo scroll

Si la democracia fuera una app, hoy muchos la usarían igual que TikTok: deslizando sin detenerse, reaccionando sin pensar y creyendo que con eso ya participaron.

Suena exagerado, pero no lo es tanto.

El más reciente World Happiness Report 2026 (Informe Mundial de la Felicidad, publicado el 19 de marzo) pone sobre la mesa un dato incómodo: no es lo mismo estar conectado que estar involucrado. Y eso aplica igual para las redes sociales que para la vida pública.

El estudio distingue dos formas de uso que, en realidad, dicen mucho de cómo estamos viviendo hoy. Por un lado, el uso pasivo: ver, consumir, desplazarse entre contenidos. Por el otro, el uso activo: interactuar, opinar, dialogar.

La diferencia no es menor. Según el informe, quienes usan las redes de forma pasiva tienden a reportar menor bienestar. Es decir, mientras más observas sin participar, peor te sientes. En cambio, cuando hay interacción, aunque sea básica, los efectos son neutros o incluso positivos.

¿Por qué pasa esto?

El propio estudio apunta a un factor clave: la comparación social. Las redes están llenas de versiones editadas de la vida de los demásTodo parece mejor, más exitoso, más feliz. Y cuando uno solo observa, sin participar, sin cuestionar, sin formar parte, lo que queda es una sensación de distancia, de no estar a la altura.

Dicho de manera simple: ver la vida de otros no te hace sentir parte de ella.

Y aquí es donde esto deja de ser un tema de redes sociales y se vuelve un tema de sociedad.

Porque la lógica de observar sin participar se está trasladando poco a poco a la forma en que entendemos la vida pública. Hoy millones de personas opinan, reaccionan, comparten; pero cada vez menos se involucran de fondo.

Participar ya no significa organizarse, exigir o incidir. Muchas veces significa solo comentar en redes.

Y eso tiene consecuencias.

Una democracia no se construye con espectadores. Se construye con ciudadanos que participan, cuestionan y empujan cambios más allá de un “like” o un “share”.

Por eso vale la pena poner atención cuando desde el poder se insiste en la idea de que “el pueblo decide todo”, pero al mismo tiempo se promueven mecanismos que reducen la participación a momentos muy específicos o controlados. La discusión sobre la reforma electoral va justamente por ahí: no solo es qué se decide, sino cómo se participa.

Porque después de una elección, la responsabilidad ya no es del ciudadano, es del gobierno. Gobernar implica dar resultados, resolver problemas y mejorar la vida de las personas. No basta con decir que la gente eligió, hay que responder a esa elección.

Cuando eso no ocurre, la política empieza a parecerse demasiado a las redes: mucho discurso, mucha emoción, pero pocos cambios reales.

Y mientras tanto, la ciudadanía corre el riesgo de quedar atrapada en el mismo esquema que describe el estudio: consumiendo política como si fuera contenido, reaccionando como espectador, pero sin incidir realmente en las decisiones que afectan su vida.

Las redes sociales no son el enemigo. Pero sí pueden convertirse en el espacio perfecto para una democracia superficial: mucha conversación, poca incidencia; mucha emoción, poca transformación.

Por eso la reflexión es inevitable.

Si el uso pasivo de las redes reduce el bienestar individual, ¿qué ocurre cuando trasladamos esa lógica a la vida pública? ¿Qué pasa cuando millones de personas observan la política, la comentan, la comparten, pero no participan realmente en ella?

La respuesta es incómoda: se debilita la democracia.

Porque una sociedad que se acostumbra a mirar, termina por dejar de exigir.

Y una ciudadanía que deja de exigir, tarde o temprano deja de decidir.

Tultepec: cuando la tradición ilumina al Estado de México

“Quizás nada es más universal y al mismo tiempo más identitario que las fiestas”. La frase es del historiador mexicano Enrique Florescano, quien dedicó buena parte de su obra a estudiar la memoria histórica y la cultura política de México. Cuando Florescano habla de las fiestas no se refiere sólo a una celebración del calendario. Se refiere a algo mucho más profundo: al momento en que una comunidad se reconoce, reafirma su historia y transmite a las nuevas generaciones aquello que la mantiene unida.

En México, las fiestas patronales han cumplido esa función durante siglos. No son un simple evento religioso ni una tradición pintoresca que sobrevive por costumbre. Son espacios donde se reconstruye el tejido social, donde los vecinos se organizan, cooperan y recuerdan que forman parte de una comunidad concreta. En las fiestas de pueblo se aprende algo que a veces olvidamos en la vida pública contemporánea: que la convivencia, la solidaridad y la identidad no se decretan desde el poder; se construyen entre las personas.

Los estudios históricos y antropológicos han mostrado que muchas de estas celebraciones tienen raíces profundas en la historia de nuestro territorio. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos ya realizaban ceremonias colectivas vinculadas con el ciclo agrícola, con la tierra, con el maíz y con la lluvia. Con la colonización y la evangelización esas prácticas se transformaron. Los antiguos rituales adoptaron nuevos símbolos, nuevos calendarios y nuevos nombres, pero conservaron una lógica comunitaria que sigue viva hasta nuestros días.

Por eso las fiestas patronales tienen varias dimensiones al mismo tiempo. Desde luego está la dimensión religiosa, la devoción que reúne a las familias alrededor de una imagen o de un santo protector. Pero también está la dimensión social: la organización colectiva, el trabajo compartido, la cooperación entre vecinos que hace posible la celebración. Y hay, además, una dimensión profundamente política en el sentido más amplio de la palabra. Política entendida no como disputa partidista, sino como la forma en que una comunidad se organiza, se reconoce y ejerce su capacidad de actuar como un nosotros.

Las fiestas de pueblo recuerdan algo esencial: que la vida pública no sólo se construye desde las instituciones, también desde las tradiciones que fortalecen el vínculo entre las personas.

En el Estado de México existen muchos ejemplos de esa fuerza cultural. Pero pocos tan claros como el de Tultepec, un municipio cuyo nombre proviene del náhuatl y significa “en el cerro del tule”. Con el paso del tiempo, ese pueblo fue construyendo una identidad muy particular que hoy lo distingue en todo el país: la pirotecnia.

Desde hace cerca de dos siglos, familias enteras han transmitido el conocimiento de la pólvora, de los castillos y de los toritos pirotécnicos de generación en generación. Ese oficio artesanal no sólo sostiene la economía local; también define el orgullo y la identidad de la comunidad. Tultepec es reconocido en todo México como el corazón de la pirotecnia y sus artesanos han llevado su trabajo a celebraciones dentro y fuera del país.

Pero en Tultepec la pirotecnia no puede separarse de la fe ni de la fiesta. El gremio de los pirotécnicos mantiene una devoción histórica a San Juan de Dios, considerado su protector. Cada año, alrededor de su festividad, el municipio celebra una de las tradiciones más intensas de la región, en la que la devoción religiosa, el trabajo artesanal y la convivencia comunitaria se entrelazan de manera natural.

Hace apenas unos días, en el marco de la Feria Internacional de la Pirotecnia de Tultepec, se realizaron nuevamente las fiestas patronales dedicadas a San Juan de Dios. Quien ha estado ahí sabe que no se trata solamente de un espectáculo de pólvora. Detrás de cada castillo encendido, de cada toro pirotécnico que recorre las calles, hay generaciones enteras de artesanos, familias completas que han hecho de ese oficio su vida y una comunidad que se reúne para celebrar lo que es.

En tiempos donde la vida pública parece cada vez más fragmentada y donde muchas veces predomina el individualismo, las fiestas de pueblo siguen cumpliendo una función que va mucho más allá de la tradición. Son uno de los pocos espacios donde el tejido social todavía se fortalece de manera natural. Donde el orgullo comunitario se comparte. Donde la identidad no se discute: se vive.

Quizá el maetro Enrique Florescano lo dijo mejor que nadie: pocas cosas son tan universales y tan identitarias como las fiestas. Después de ver a un pueblo reunido en torno a su tradición, queda claro por qué. Porque las fiestas no sólo celebran al pueblo. En realidad, son el momento en que el pueblo vuelve a recordarse a sí mismo.