
¿Por qué nuestras mayores alegrías nacionales duran noventa minutos?
No hay nada más esperanzador y democrático que un gol.
Durante unos segundos desaparecen las diferencias políticas, económicas y sociales. El empresario y el trabajador de la construcción, la estudiante y el jubilado, quien votó por un partido y quien votó por otro, todos gritan lo mismo. Todos creen que, esta vez, sí se puede.
Por eso el fútbol nunca ha sido solamente fútbol.
Como ha escrito Juan Villoro en distintas ocasiones, el fútbol también es un espejo donde un país proyecta sus ilusiones, sus frustraciones y, sobre todo, su necesidad de creer. Cuando juega México, no sólo esperamos un resultado. Esperamos una alegría.
Y eso dice mucho de nosotros.
El sociólogo Émile Durkheim llamó “efervescencia colectiva” a esos momentos extraordinarios en los que una comunidad deja de sentirse un conjunto de individuos para convertirse, aunque sea por un instante, en una sola emoción. Basta ver a millones de personas abrazarse en el después de un gol para entender que tenía razón.
Las sociedades necesitan esos momentos. Necesitan recordar que pueden ganar.
El psiquiatra Viktor Frankl escribió que el ser humano puede soportar casi cualquier circunstancia cuando conserva una razón para esperar. Tal vez por eso un triunfo deportivo produce algo más profundo que alegría, produce esperanza.
Esta semana y si nuestros deseos se cumplen, días después también, familias enteras y grupos de amigos se reunirán alrededor de un televisor. Ya sea en su hogar, ya sea en un restaurante o en un bar, con un solo deseo, ver ganar a la selección. Esa alegría colectiva es legítima y necesaria.
La pregunta que está en boca de todos: ¿y si sí? ¿Y si sí avanzamos a la siguiente ronda? ¿Y si sí podemos ser campeones del mundo? Es la frase que nos define. Refleja quiénes somos: un pueblo que vive de la esperanza, que cree en lo posible incluso cuando las probabilidades parecen remotas. Esa es nuestra fortaleza, nuestro combustible.
Lo hermoso de estos noventa minutos es que nos recuerdan algo que olvidamos en la rutina: que somos capaces de sentir juntos, de creer juntos, de querer lo mismo al mismo tiempo. Eso no es poco. Eso es casi todo.
Entonces, mientras celebramos con toda la emoción que merecemos, quizá valga la pena preguntarnos: ¿y si sí extendemos esa fe más allá del partido? No como denuncia, sino como invitación. ¿Y si sí canalizamos esa energía que nos une en la cancha hacia las cosas que nos unen en la vida cotidiana? ¿Y si sí nos atrevemos a creer con la misma intensidad en nuestras calles, en nuestras comunidades, en la convivencia de millones de ciudadanos día a día?
Yo por mi parte, cuando juegue México, estaré frente a la tele, acompañado de mi familia. Gritaré cada llegada, sufriré cada jugada y, si cae un gol, lo celebraré como estoy seguro que millones de mexicanos lo harán. Tengo mi esperanza puesta en ello. Tengo mi veladora prendida.