Democracia en modo scroll

Si la democracia fuera una app, hoy muchos la usarían igual que TikTok: deslizando sin detenerse, reaccionando sin pensar y creyendo que con eso ya participaron.

Suena exagerado, pero no lo es tanto.

El más reciente World Happiness Report 2026 (Informe Mundial de la Felicidad, publicado el 19 de marzo) pone sobre la mesa un dato incómodo: no es lo mismo estar conectado que estar involucrado. Y eso aplica igual para las redes sociales que para la vida pública.

El estudio distingue dos formas de uso que, en realidad, dicen mucho de cómo estamos viviendo hoy. Por un lado, el uso pasivo: ver, consumir, desplazarse entre contenidos. Por el otro, el uso activo: interactuar, opinar, dialogar.

La diferencia no es menor. Según el informe, quienes usan las redes de forma pasiva tienden a reportar menor bienestar. Es decir, mientras más observas sin participar, peor te sientes. En cambio, cuando hay interacción, aunque sea básica, los efectos son neutros o incluso positivos.

¿Por qué pasa esto?

El propio estudio apunta a un factor clave: la comparación social. Las redes están llenas de versiones editadas de la vida de los demásTodo parece mejor, más exitoso, más feliz. Y cuando uno solo observa, sin participar, sin cuestionar, sin formar parte, lo que queda es una sensación de distancia, de no estar a la altura.

Dicho de manera simple: ver la vida de otros no te hace sentir parte de ella.

Y aquí es donde esto deja de ser un tema de redes sociales y se vuelve un tema de sociedad.

Porque la lógica de observar sin participar se está trasladando poco a poco a la forma en que entendemos la vida pública. Hoy millones de personas opinan, reaccionan, comparten; pero cada vez menos se involucran de fondo.

Participar ya no significa organizarse, exigir o incidir. Muchas veces significa solo comentar en redes.

Y eso tiene consecuencias.

Una democracia no se construye con espectadores. Se construye con ciudadanos que participan, cuestionan y empujan cambios más allá de un “like” o un “share”.

Por eso vale la pena poner atención cuando desde el poder se insiste en la idea de que “el pueblo decide todo”, pero al mismo tiempo se promueven mecanismos que reducen la participación a momentos muy específicos o controlados. La discusión sobre la reforma electoral va justamente por ahí: no solo es qué se decide, sino cómo se participa.

Porque después de una elección, la responsabilidad ya no es del ciudadano, es del gobierno. Gobernar implica dar resultados, resolver problemas y mejorar la vida de las personas. No basta con decir que la gente eligió, hay que responder a esa elección.

Cuando eso no ocurre, la política empieza a parecerse demasiado a las redes: mucho discurso, mucha emoción, pero pocos cambios reales.

Y mientras tanto, la ciudadanía corre el riesgo de quedar atrapada en el mismo esquema que describe el estudio: consumiendo política como si fuera contenido, reaccionando como espectador, pero sin incidir realmente en las decisiones que afectan su vida.

Las redes sociales no son el enemigo. Pero sí pueden convertirse en el espacio perfecto para una democracia superficial: mucha conversación, poca incidencia; mucha emoción, poca transformación.

Por eso la reflexión es inevitable.

Si el uso pasivo de las redes reduce el bienestar individual, ¿qué ocurre cuando trasladamos esa lógica a la vida pública? ¿Qué pasa cuando millones de personas observan la política, la comentan, la comparten, pero no participan realmente en ella?

La respuesta es incómoda: se debilita la democracia.

Porque una sociedad que se acostumbra a mirar, termina por dejar de exigir.

Y una ciudadanía que deja de exigir, tarde o temprano deja de decidir.

Tultepec: cuando la tradición ilumina al Estado de México

“Quizás nada es más universal y al mismo tiempo más identitario que las fiestas”. La frase es del historiador mexicano Enrique Florescano, quien dedicó buena parte de su obra a estudiar la memoria histórica y la cultura política de México. Cuando Florescano habla de las fiestas no se refiere sólo a una celebración del calendario. Se refiere a algo mucho más profundo: al momento en que una comunidad se reconoce, reafirma su historia y transmite a las nuevas generaciones aquello que la mantiene unida.

En México, las fiestas patronales han cumplido esa función durante siglos. No son un simple evento religioso ni una tradición pintoresca que sobrevive por costumbre. Son espacios donde se reconstruye el tejido social, donde los vecinos se organizan, cooperan y recuerdan que forman parte de una comunidad concreta. En las fiestas de pueblo se aprende algo que a veces olvidamos en la vida pública contemporánea: que la convivencia, la solidaridad y la identidad no se decretan desde el poder; se construyen entre las personas.

Los estudios históricos y antropológicos han mostrado que muchas de estas celebraciones tienen raíces profundas en la historia de nuestro territorio. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos mesoamericanos ya realizaban ceremonias colectivas vinculadas con el ciclo agrícola, con la tierra, con el maíz y con la lluvia. Con la colonización y la evangelización esas prácticas se transformaron. Los antiguos rituales adoptaron nuevos símbolos, nuevos calendarios y nuevos nombres, pero conservaron una lógica comunitaria que sigue viva hasta nuestros días.

Por eso las fiestas patronales tienen varias dimensiones al mismo tiempo. Desde luego está la dimensión religiosa, la devoción que reúne a las familias alrededor de una imagen o de un santo protector. Pero también está la dimensión social: la organización colectiva, el trabajo compartido, la cooperación entre vecinos que hace posible la celebración. Y hay, además, una dimensión profundamente política en el sentido más amplio de la palabra. Política entendida no como disputa partidista, sino como la forma en que una comunidad se organiza, se reconoce y ejerce su capacidad de actuar como un nosotros.

Las fiestas de pueblo recuerdan algo esencial: que la vida pública no sólo se construye desde las instituciones, también desde las tradiciones que fortalecen el vínculo entre las personas.

En el Estado de México existen muchos ejemplos de esa fuerza cultural. Pero pocos tan claros como el de Tultepec, un municipio cuyo nombre proviene del náhuatl y significa “en el cerro del tule”. Con el paso del tiempo, ese pueblo fue construyendo una identidad muy particular que hoy lo distingue en todo el país: la pirotecnia.

Desde hace cerca de dos siglos, familias enteras han transmitido el conocimiento de la pólvora, de los castillos y de los toritos pirotécnicos de generación en generación. Ese oficio artesanal no sólo sostiene la economía local; también define el orgullo y la identidad de la comunidad. Tultepec es reconocido en todo México como el corazón de la pirotecnia y sus artesanos han llevado su trabajo a celebraciones dentro y fuera del país.

Pero en Tultepec la pirotecnia no puede separarse de la fe ni de la fiesta. El gremio de los pirotécnicos mantiene una devoción histórica a San Juan de Dios, considerado su protector. Cada año, alrededor de su festividad, el municipio celebra una de las tradiciones más intensas de la región, en la que la devoción religiosa, el trabajo artesanal y la convivencia comunitaria se entrelazan de manera natural.

Hace apenas unos días, en el marco de la Feria Internacional de la Pirotecnia de Tultepec, se realizaron nuevamente las fiestas patronales dedicadas a San Juan de Dios. Quien ha estado ahí sabe que no se trata solamente de un espectáculo de pólvora. Detrás de cada castillo encendido, de cada toro pirotécnico que recorre las calles, hay generaciones enteras de artesanos, familias completas que han hecho de ese oficio su vida y una comunidad que se reúne para celebrar lo que es.

En tiempos donde la vida pública parece cada vez más fragmentada y donde muchas veces predomina el individualismo, las fiestas de pueblo siguen cumpliendo una función que va mucho más allá de la tradición. Son uno de los pocos espacios donde el tejido social todavía se fortalece de manera natural. Donde el orgullo comunitario se comparte. Donde la identidad no se discute: se vive.

Quizá el maetro Enrique Florescano lo dijo mejor que nadie: pocas cosas son tan universales y tan identitarias como las fiestas. Después de ver a un pueblo reunido en torno a su tradición, queda claro por qué. Porque las fiestas no sólo celebran al pueblo. En realidad, son el momento en que el pueblo vuelve a recordarse a sí mismo.