
¿Y si la mayor crisis de México no fuera la inseguridad, ni la inflación, ni el bajo crecimiento económico? ¿Y si el verdadero problema fuera que millones de personas están dejando de creer en la cultura del esfuerzo?
El peso de la duda radica especialmente entre los más jóvenes. Cada vez son más quienes se preguntan si realmente vale la pena seguir estudiando, aprender idiomas, ser disciplinado en el trabajo o incluso hacer un posgrado cuando saben que al final, el punto de partida sigue pesando más que el esfuerzo.
Y cuando una generación comienza a perder esa convicción, el problema deja de ser solamente económico.
Durante décadas, las familias mexicanas hicieron enormes sacrificios porque confiaban en una promesa muy sencilla, que los hijos vivirían mejor que sus padres y los padres mejor que los abuelos. Esa promesa social dio sentido al trabajo cotidiano de millones de personas. No prometía riqueza, prometía progreso.
Hoy esa promesa empieza a resquebrajarse.
No se trata únicamente de una percepción. Los datos del más reciente Informe de Movilidad Social en México, elaborado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), con el respaldo de la Fundación Espinosa Rugarcía, muestran que el 73 por ciento de quienes nacen en los hogares con menores ingresos permanece en esa misma condición. El estudio divide a la población en cinco grupos de ingreso, del 20 por ciento más pobre al 20 por ciento más rico, y confirma que pasar del primero al último sigue siendo una excepción. La educación continúa siendo una herramienta indispensable, pero por sí sola ya no logra compensar completamente el peso del origen, y pareciera que ya no recompensa el esfuerzo de años.
Éste no es solamente un dato económico. Es una llamada de atención sobre el tipo de país que estamos construyendo.
Los gobiernos no sólo gobiernan con presupuestos, leyes o programas sociales, también gobiernan con expectativas. Y quizá ninguna expectativa sea más importante que la posibilidad de que una generación viva mejor que la anterior. Esa convicción sostiene la confianza en el futuro, da sentido al esfuerzo y mantiene viva la idea de que respetar las reglas, estudiar y trabajar sigue siendo el mejor camino para salir adelante.
Cuando millones de jóvenes empiezan a dudar de esa promesa, comienza a erosionarse uno de los pilares más importantes de cualquier sociedad. No porque las instituciones desaparezcan, sino porque deja de existir la certeza de que pueden ofrecer oportunidades reales para progresar.
Por eso el mayor reto del Estado mexicano no es administrar la pobreza. Debe ser la construcción de un país donde el esfuerzo vuelva a ser el camino más seguro para mejorar la vida.
Cada gobierno presume las obras que inaugura, los programas que crea o las inversiones que atrae. Pero quizá deberíamos empezar a evaluarlos con una pregunta mucho más sencilla. ¿Están logrando que los hijos vivan mejor que sus padres?
Ésa debería ser la medida definitiva del éxito de cualquier gobierno. Porque cuando un país deja de ofrecer esa posibilidad, no sólo se rompe laescalera social, lo que se rompe, es la esperanza.