
Cuando éramos niños nuestros papás sabían dónde andábamos. Bastaba con asomarse al zaguán, buscarnos en la calle o preguntar en casa del vecino. Sabían con quiénes jugábamos y quiénes eran nuestros amigos.
Hoy la respuesta parece igual de sencilla: “Está en su cuarto”. Y probablemente sea cierto, Lo que ya no resulta tan fácil es saber en qué mundo pasa varias horas al día.
La mayor transformación de la infancia ocurrió o detrás de una pantalla o en la calle. Las nuevas generaciones crecen en un entorno digital que para ellas es tan natural como antes lo era salir a jugar a la calle. Ahí estudian, se divierten, conversan, hacen amigos, construyen buena parte de su vida cotidiana.
Por primera vez en la historia, muchos hijos conocen mejor ese entorno que sus propios padres. Y esa brecha merece toda nuestra atención, no porque internet sea, por definición, un lugar peligroso, sino porque ningún padre puede acompañar aquello que no conoce.
Durante años enseñamos a niñas y niños a no hablar con extraños en la calle, a no aceptar regalos de desconocidos y a regresar temprano a casa. Hoy ese extraño ya no necesariamente espera en una esquina. Puede aparecer en una red social o en una plataforma de mensajería oculto detrás de un perfil aparentemente inofensivo.
Organismos como UNICEF y la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) han advertido que estos espacios digitales también pueden ser utilizados por organizaciones criminales para acercarse a niñas, niños y adolescentes. REDIM estima que entre 145 mil y 250 mil menores en el país se encuentran en riesgo de ser reclutados o utilizados por grupos delictivos. Ese dato, por sí solo, debería bastar para entender que los riesgos de la infancia ya no están únicamente fuera de casa.
Pero el problema va también más allá del crimen organizado. Están el ciberacoso, las estafas, la manipulación, la desinformación y la exposición permanente a contenidos que muchas veces los adultos desconocemos por completo.
Mientras el mundo digital cambia a una velocidad vertiginosa, las familias, las escuelas y las instituciones apenas intentan alcanzarlo.
Por eso la respuesta no puede ser únicamente prohibir. Tampoco vigilar cada movimiento, pues es imposible. La mejor protección sigue siendo el acompañamiento.
Vale la pena sentarse alguna vez a jugar con ellos, pedirles que nos expliquen qué aplicación utilizan, con quién pueden conversar, si cualquiera puede escribirles o cómo funcionan esos espacios donde pasan buena parte de su tiempo. Revisar juntos la configuración de privacidad, hablar sobre los riesgos de compartir información personal y mantener una conversación abierta sigue siendo mucho más efectivo que confiar únicamente en un control parental.
Porque educar hoy ya no consiste solamente en preguntar dónde están nuestros hijos, también nos exige interesarnos por los sus nuevos modelos de socialización y entretenimiento.
La próxima vez que veas a tu hijo jugando en su cuarto, quizá no sea suficiente con saber que está ahí.
Tal vez la pregunta más importante sea otra: ¿sabe realmente dónde está jugando?
Y, sobre todo, ¿sabes con quién?