El lujo más caro de un papá

Hay miles de padres mexiquenses que este domingo abrazarán a sus hijos unas cuantas horas. El lunes volverán a salir de casa antes del amanecer y regresarán cuando ellos ya estén dormidos, no porque así lo quieran, sino porque así lo impone una realidad hecha de largas jornadas laborales, traslados interminables y un costo de vida que obliga a trabajar cada vez más para alcanzar cada vez menos.

El Día del Padre nunca ha ocupado el mismo lugar que el Día de la Madre, durante décadas pensamos que la principal obligación de un padre era una sola: salir a trabajar. Y aunque esa responsabilidad sigue siendo fundamental para millones de hombres, la paternidad empezó a cambiar muy rápido en relativamente poco tiempo.

Hoy también hay padres que preparan el desayuno, llevan a sus hijos a la escuela, acuden a consultas médicas, ayudan con las tareas, cambian pañales, cuidan solos a sus hijos después de un divorcio o tras la pérdida de su pareja. La familia mexicana cambió y también cambiaron las formas de ejercer la paternidad. Los propios datos del INEGI muestran la diversidad de los hogares mexicanos y que existen familias monoparentales encabezadas tanto por mujeres como por hombres, una realidad que poco a poco deja de ser excepcional.

Sin embargo, nuestras políticas públicas parecen seguir ancladas en la idea de que el padre solamente es proveedor.

En el Estado de México hay miles de hombres que pasan entre cuatro y seis horas diarias en traslados. Hemos hablado muchas veces del aumento en el costo del transporte público, del tiempo perdido en el tráfico, de la inseguridad en la combi,  y de las largas distancias entre la vivienda y el empleo. Todo eso tiene un impacto económico, pero también uno profundamente humano: les roba tiempo con sus hijos.

Y el tiempo no vuelve.

Hay niños que crecieron viendo salir a su papá cuando todavía era de noche y regresar cuando ellos ya estaban dormidos. No por falta de cariño. No por desinterés. Sino porque el modelo de movilidad, los bajos salarios y las jornadas excesivas les impidieron estar presentes.

Por eso creo que ya es momento de dejar de hablar únicamente de las obligaciones de los padres y empezar a hablar también de sus derechos.

El derecho a un transporte público digno.

El derecho a jornadas laborales compatibles con la vida familiar.

El derecho a licencias suficientes para cuidar.

El derecho a participar plenamente en la crianza de sus hijos.

Porque fortalecer a las familias no depende solamente del esfuerzo de quienes las integran. También requiere gobiernos que entiendan que el tiempo es una política pública.

Además, ignorar este problema tiene consecuencias. El estrés crónico, el agotamiento y las enfermedades derivadas de jornadas excesivas terminan llegando a un sistema público de salud que ya enfrenta enormes retos. Cuidar el tiempo de las familias también es prevenir enfermedades y reducir costos sociales.

Este Día del Padre vale la pena reconocer a quienes todos los días hacen un enorme esfuerzo por sostener a sus familias, pero el mejor homenaje no son los regalos ni las felicitaciones, es construir un Estado donde ser un padre presente no dependa de sacrificar el empleo o recorrer cuatro horas diarias para llegar a casa.

Porque una familia fuerte necesita ingresos, sí. Pero también necesita tiempo. Y hoy, para miles de padres mexiquenses, el tiempo se ha convertido en el lujo más caro de todos.