La tortilla en el Edomex: del origen a la incertidumbre en la mesa

Hay alimentos que quitan el hambre. Y hay otros que sostienen una forma de vida; el maíz, sin duda, es uno de ellos.

​En lo que hoy es el Estado de México, el maíz no es solo un cultivo: es memoria, es trabajo y es comunidad. Nuestros pueblos originarios no lo convirtieron en símbolo por discurso, sino por necesidad. De esa necesidad nació nuestra tortilla: simple, cotidiana, indispensable e instintivamente vital.

​Ahí están los pueblos otomíes, mazahuas, nahuas, matlatzincas y tlahuicas. Distintos entre sí, pero con una raíz compartida: hicieron del maíz la columna vertebral de la existencia. Gracias a ellos, la tortilla se convirtió en nuestro alimento diario; sagrado, digno y bendito.

​Y sigue siéndolo.

​Por eso, cuando sube el precio de la tortilla, no hablamos de una cifra más en la estadística. Es un golpe directo al corazón del hogar.

​En el Estado de México, donde millones de familias organizan su gasto alrededor de lo más básico, el aumento al kilo de tortilla pega justo donde no hay margen de maniobra. No hay sustituto, no hay alternativa, no hay forma de esquivarlo. Nuestra tortilla está en nuestras mesas todos los días, y cuando ella se encarece, se encarece la vida misma.

​El problema es que el aumento no viene solo. En las últimas semanas han subido también el jitomate, el pollo, el huevo y el aceite. Poco a poco, producto por producto, la mesa se va achicando. Lo que antes era rutina, hoy exige cuentas matemáticas. Lo que antes alcanzaba, hoy ya no.

​Hablemos de los taqueros: subir uno o dos pesos a cada taco es una realidad inevitable para ellos. ¿El resultado? Los clientes consumen un taco menos. Esto no es solo economía; es una pérdida de dignidad. Esto no es bienestar.

​Puede parecer un detalle menor o anecdótico, pero no lo es. Es la forma más cruda de medir cómo el encarecimiento de lo básico se mete en la intimidad de la vida diaria, en el taco de cada jornada. La tortilla es el alimento más cercano, más constante y más democrático que existe.

​Hace unos días, desde las esferas del poder, se habló de un “ligero aumento al precio de la tortilla”. Ligero en el discurso, pero pesado en la mesa. Porque cuando el precio sube —aunque digan que es “poco”— lo que baja es el consumo. Baja la cantidad en el plato, bajan las porciones y, por consecuencia, baja la calidad de vida.

​Cuando lo más básico obliga a comer menos, lo que está fallando no es el mercado: es el compromiso con el bienestar social.

La historia del maíz habla de resistencia, pero el precio de la tortilla hoy nos habla de una profunda fragilidad institucional.