
Este lunes, a las ocho de la mañana, dos niños entrarán a una escuela pública del Estado de México, recibirán los mismos libros, tendrán las mismas horas de clase y, en el papel, el mismo derecho a la educación. Pero no llegarán en las mismas condiciones.
Uno quizá habrá desayunado bien, dormido lo suficiente y llegará acompañado por alguno de sus padres. El otro pudo levantarse mucho antes, tomar el camión cuarenta minutos, comer poco y despedirse temprano de sus padres porque ellos también tuvieron que salir a trabajar mucho más temprano.
A las ocho estarán frente al mismo pizarrón, pero uno comenzará varios escalones adelante.
Ese es uno de los grandes problemas de nuestra educación, la escuela recibe a niños con enormes diferencias y no logra reducirlas.
Los datos ponen una mala calificación.
El reciente Informe de Movilidad Social en México del Centro de Estudios Espinosa Yglesias muestra que, entre las personas cuyos padres estudiaron primaria o menos, 75 por ciento no alcanzó siquiera el promedio nacional de escolaridad y apenas 9 por ciento llegó a estudios profesionales.
Cuando los padres tuvieron estudios profesionales, 63 por ciento de sus hijos también alcanzó ese nivel.
El CEEY lo resume en una frase: “la educación también se hereda”.
Y hay otro dato preocupante, entre 2016 y 2024, los hogares donde los padres tenían primaria o menos pasaron de recibir alrededor de la mitad de las transferencias educativas analizadas por el CEEY a solamente una cuarta parte.
Quienes arrancan desde más atrás reciben hoy una menor proporción de esos apoyos.
La desigualdad tampoco termina cuando suena el timbre. Un niño puede volver a casa y encontrar computadora, buen internet y ayuda para hacer la tarea. Otro tendrá quizá un teléfono compartido, mala conexión y padres que regresan después de una larga jornada de trabajo y de viaje en transportes.
Y ahora aparece la inteligencia artificial. Mientras algunos estudiantes ya la utilizan para investigar, aprender idiomas o resolver dudas, otros todavía batallan para tener una computadora y una conexión estable. Las diferencias se acumulan.
Por eso educación gratuita no puede significar solamente no pagar colegiatura. Si transporte, alimentación, internet, computadora y otras herramientas para aprender dependen del bolsillo de cada familia, no todos tendrán las mismas oportunidades.
La escuela pública debería servir para emparejar la cancha.
Este lunes millones de niños volverán a las aulas, vestirán los mismos uniformes, y tendrán los mismos libros y pizarrones, pero detrás de ellos habrá realidades muy distintas.
México seguirá reprobando en igualdad de oportunidades mientras el lugar donde nace un niño siga pesando más que lo que hacemos para ayudarlo a llegar más lejos. Porque dar lo mismo a quienes empiezan desde lugares distintos no empareja el piso, deja que la desigualdad también entre al salón de clases.