3 Balones, toritos y trompetas; Tultepec, resistencia cultural para arrebatarle el futuro a las calles

Cada cuatro años, México se detiene para soñar con un Mundial. Discutimos alineaciones, nos ilusionamos con una nueva generación y esperamos el milagro. Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante casi nunca nos la hacemos: ¿dónde empiezan esos sueños?

La respuesta no está en los estadios de primer mundo, sino mucho antes: en una cancha de barrio, en un entrenador capacitado, en un violín prestado o en un taller de cartonería. Empieza en un Estado que entiende que el talento —ya sea para patear un balón, para leer una partitura o para iluminar la noche— necesita políticas públicas, no solo buenas intenciones.

Durante mucho tiempo hemos cometido el error de ver las soluciones sociales como competencias. Creímos que inaugurar una plancha de cemento y ponerle dos porterías era la receta mágica para alejar a la juventud de la violencia. “El deporte sana”, decíamos, y es verdad. Pero una cancha vacía a mitad de semana no detiene una bala ni reconstruye el tejido social si no hay una identidad que la sostenga.

Marruecos nos dio una lección en Qatar 2022. Su llegada a semifinales no fue un chispazo de suerte, sino el resultado de años de invertir en infraestructura, academias y formación desde la infancia. Demostraron que el talento florece cuando el entorno lo riega. En el Edomex, en cambio, millones de niñas y niños crecen sin un espacio seguro donde descubrir para qué son buenos. A la falta de infraestructura se suma el miedo: muchas familias ya no dejan que sus hijos regresen solos de entrenar. Cuando una colonia pierde sus espacios públicos, pierde su futuro.

Pero aquí es donde entra la otra mitad de la ecuación, la que a veces olvidamos en el diseño de nuestros municipios: la cultura. El deporte disciplina el cuerpo y la mente, pero el arte genera arraigo y le da voz a quienes el sistema ha silenciado. No compiten; se necesitan mutuamente. Los guantes de boxeo, un castillo de pirotecnia y un instrumento musical son tres escudos distintos frente a la “violencia social”.

Sudamérica lo entendió hace décadas. Venezuela, con su sistema de orquestas juveniles, demostró que el rigor de la música clásica podía transformar los barrios más duros. Bolivia hizo lo propio, implementando programas de arte y música comunitaria que funcionaron como escudos sociales contra la fragmentación. No buscaban crear virtuosos para los teatros europeos, sino ciudadanos con un refugio contra la marginación y un sentido profundo de pertenencia. Ambos países probaron que donde la cultura se convierte en política pública, la identidad florece.

No tenemos que cruzar el continente para ver esto en acción. En el Estado de México tenemos un laboratorio social vivo: Tultepec. Más allá del estruendo y las luces de su pirotecnia, este municipio es un modelo de resistencia cultural que ha perdurado pese a los cambios políticos, los ciclos electorales y las batallas de gobierno de los últimos años. Ha trascendido gobiernos del PRD y de Morena, ha sobrevivido a la desaparición política de legados personales. Lo que permanece es la identidad propia de la comunidad.

Mientras en otras regiones los jóvenes se topan con esquinas dominadas por la desesperanza, en Tultepec se encuentran con escuelas de música comunitaria, talleres y bandas de viento que se heredan como el patrimonio más valioso. En ballet, en música, en pirotecnia y en artes plásticas, Tultepec está muy por encima de la media estatal. No es un accidente. Es el resultado de una comunidad que decidió que su identidad cultural era su mayor fortaleza.

Al combinar la dignificación de sus plazas con el fomento a sus tradiciones —festividades declaradas patrimonio inmaterial, simposios de escultura pública, escuelas de oficios artesanales— Tultepec demostró que el entorno físico cambia cuando el entorno social se llena de identidad. Un niño que sostiene una trompeta o diseña un torito de cartonería, al igual que una niña que domina un balón en una academia bien estructurada, es alguien que difícilmente buscará sentido de pertenencia en las filas del crimen. Porque ya lo encontró. Ya tiene un lugar donde pertenecer.

Falta mucho por perfeccionar, claro está. Hay presupuestos que transparentar, políticas que mejorar, espacios que modernizar. Pero la lección es clara y es contundente: cuando una comunidad invierte en que sus jóvenes corran, canten, pinten y creen, la violencia pierde terreno.

Es momento de que otros municipios del Estado de México miren a Tultepec no como una excepción, sino como un modelo replicable. Es un logro de la sociedad que decidió que la cultura era su escudo.