
Se dice que, en la política, lo que no se ve en el presupuesto, no existe. Pero en el Estado de México, lo que no se ve en la mesa de las familias es lo que realmente cuenta. Hoy vivimos una paradoja dolorosa: mientras el Gobierno Federal y el estatal presumen cifras de “estabilidad”, los mexiquenses libramos una batalla diaria contra una carestía que no da tregua.
Una cosa es la cifra que se presenta en las mañaneras y otra muy distinta es la que se vive en el mercado de la colonia. En marzo, la inflación oficial se situó en un 4.59%. Para un economista en un escritorio, puede parecer un dato bajo control; para una madre de familia en San José del Rincón o Ecatepec, es una burla. Ese porcentaje no refleja que el jitomate aumentó más del 30% en solo quince días, ni que las frutas y verduras han subido, en promedio, un 20% anual.
El motor de esta inflación tiene nombre y apellido: el fracaso de la política energética. Nos prometieron, una y otra vez, que los combustibles no subirían. Nos vendieron la idea de que comprar la refinería de Deer Park en Texas y construir la de Dos Bocas en Tabasco nos daría soberanía y precios bajos.
¿Cuál es la realidad hoy, en abril de 2026? La gasolina Magna ha tocado máximos históricos, superando en muchas estaciones los $25.00 pesos por litro, y en zonas con logística complicada, acercándose peligrosamente a los $30.00. El gobierno se escuda en “factores externos”, pero la verdad es que la inversión multimillonaria en refinerías no ha servido para mitigar el golpe al bolsillo.
Cuando la gasolina sube, sube todo: sube el flete de la verdura, sube el pasaje del transporte público y sube el costo de producción de cualquier producto básico. Es un círculo vicioso donde el pueblo siempre pierde. Estamos resolviendo más problemas con el mismo sueldo, porque mientras los precios vuelan, los salarios apenas caminan.
No hay mesa en nuestro Estado de México que se precie de serlo sin un buen guisado, sus tortillas calientes y ese aroma a hogar. Pero hoy, ese cariño con el que se cocina ya no rinde igual. Lo que antes era el ingrediente base de cada comida, hoy es un lujo que se piensa dos veces antes de echar a la bolsa del mandado.
Asistir al súper o a tianguis se ha vuelto una experiencia angustiante. Ver cómo el carrito y las bolsas se llenan menos cada quincena mientras el ticket de pago crece es una afrenta a la dignidad del trabajador.
Pero la mortificación no termina en el supermercado. Al calvario de la canasta básica hay que sumarle el abandono de nuestras vialidades. La actual administración estatal ha minimizado sistemáticamente el estado de nuestras carreteras y avenidas. Cualquier ciudadano que use su vehículo para trabajar —ya sea un taxi, un camión de carga o el auto familiar— sabe que transitar por el Estado de México es una carrera de obstáculos. Los baches no son solo “molestias”, son trampas que destrozan suspensiones, revientan llantas y afectan el patrimonio de quienes menos tienen. ¿Quién paga esas refacciones? El ciudadano. Es un doble castigo: pagas una gasolina carísima para circular por calles que parecen zonas de guerra.
No basta con programas sociales si la inflación se los devora antes de que lleguen a la mesa. Es necesario exigir cuentas claras: ¿Dónde está el beneficio de las refinerías? ¿Por qué se prefiere gastar en obras faraónicas mientras la despensa y los tanques de gasolina están a medio llenar solo para librar lo básico?
En el Estado de México no queremos “otros datos”. Queremos que el dinero alcance, que las calles sean seguras y que la comida deje de ser un lujo. Porque al final del día, ni todo el amor ni todas las promesas de campaña alcanzan para poner comida en la mesa.