
La presidenta Claudia Sheinbaum cuenta todos los días con el espacio de comunicación política más poderoso del país. Desde Palacio Nacional, la conferencia mañanera le permite informar sobre programas, explicar decisiones, presentar cifras, responder a la coyuntura y fijar la posición de su gobierno, con una amplia difusión a través de los medios y plataformas del Estado.
Por eso, después de su segundo informe, vale la pena hacer una pregunta muy sencilla: si la Presidenta tiene todos los días un espacio para informar, ¿qué debería ofrecernos de diferente un informe anual?
La respuesta no puede ser solamente más cifras, más programas o un recuento de lo realizado. Tampoco debería servir únicamente para convencer a quienes ya están convencidos.
Después de una elección se gobierna también para quien votó por la oposición, para quien no votó y para quien simplemente quiere tener certeza sobre el futuro de su familia y del país. Un informe de labores tendría que hablarle a todos.
Por eso debería responder tres preguntas: ¿dónde estamos?, ¿qué no está funcionando? y ¿hacia dónde vamos?
La primera obliga a rendir cuentas. La segunda exige algo poco frecuente en nuestra política: reconocer errores. Y la tercera exige liderazgo, porque gobernar no es solamente administrar lo que ya existe, sino establecer prioridades y construir un rumbo.
Y quizá ahí está una de las principales dudas que dejó el reciente informe presidencial.
Claudia Sheinbaum ha dado continuidad a buena parte de la política social construida durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Es una agenda importante y necesaria frente a las enormes desigualdades que todavía existen en México. Pero recordemos que no nació con Morena.
Muchas de esas luchas tienen antecedentes en la izquierda mexicana y en el Partido de la Revolución Democrática desde hace casi tres décadas. En el Estado de México, el PRD hizo del combate a la desigualdad y del apoyo a quienes menos tenían algunas de sus principales banderas frente a décadas de gobiernos priistas.
La pregunta, entonces, es qué sigue.
Continuar y ampliar programas sociales es importante, pero un gobierno también necesita construir respuestas para una sociedad que cambia. Ahí está la diferencia entre administrar una política heredada y ejercer el liderazgo político para construir la siguiente etapa.
Al terminar su informe, la presidenta afirmó: “Vamos bien y tenemos rumbo”.
Vale la pena tomarle la palabra.
¿Vamos bien respecto a qué? Y, sobre todo, ¿cuál es el rumbo?
Porque para conocer los logros, las cifras y la posición cotidiana del gobierno ya existe la mañanera. Un informe anual tendría que ofrecernos algo distinto: qué falta, qué se corregirá, cuáles serán las nuevas prioridades y qué país se pretende construir durante los próximos años.
Y tendría que explicárselo a todos, no solamente a quienes ya están convencidos.
Un informe de labores no debería ser un aplauso entre los propios. Debería ofrecer certeza incluso a quienes piensan distinto.
Porque administrar permite dar continuidad a un gobierno, hacer política exige algo más complejo Y para está la política, decir con claridad hacia dónde queremos ir y convencer a todo un país de caminar hacia allá.
Y eso no lo dejó claro.