Cuando el bienestar no se vive por decreto

Se nos ha dicho siempre, con un orgullo que a veces parece más una carga que un honor, que el Estado de México es el gigante del país. Somos casi 17 millones de personas —uno de cada siete mexicanos— y generamos nueve de cada cien pesos que se mueven en la economía nacional. Somos la segunda economía estatal, el motor que nunca se apaga, la entidad que produce, industrializa y comercia sin descanso. Pero cuando el INEGI llega a la puerta y pregunta: “¿Y usted, qué tan satisfecho está con la vida que lleva?”, el gigante parece encogerse un poco.

La Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado 2025 nos dio una calificación de 8.58 sobre 10. La cifra suena bien, hasta que uno se entera de que el promedio nacional es de 8.62 y que, en la lista de las 32 entidades, el motor económico de México ocupa un modesto lugar 20. Producimos mucho, es cierto, pero parece que esa riqueza se queda en los balances de las empresas o en los discursos oficiales, porque no termina de llegar al ánimo de quienes la generan todos los días.

Es una contradicción fascinante y cruel. En el Estado de México vivir cuesta demasiado, y no hablo solo del dinero. Cuesta levantarse cuando todavía es de noche para alcanzar a subir a una combi, un camión o un tren. Cuesta pasar horas de la vida en trayectos interminables, pagando pasajes que suben sin avisar, para regresar a casa con el miedo como compañero de asiento. Cuesta comprobar que, aunque se trabaje más y se produzca más, el ingreso sigue siendo esa manta corta que nunca alcanza para tapar los pies.

Ese desgaste cotidiano explica por qué la riqueza de un estado no siempre se convierte en bienestar. El tiempo que se pierde en el asfalto es tiempo que se le roba a los hijos, al descanso, a la vida misma. La propia encuesta del INEGI lo dice con una claridad que debería asustar: quienes cubren sus gastos con facilidad califican su satisfacción con un 8.99, pero entre quienes “paren chayotes” cada quincena, la calificación cae a 7.98. Resulta que la tranquilidad —esa forma discreta de la felicidad— depende de algo tan básico como saber que se puede pagar una emergencia sin que se desmorone el mundo.

Por eso, cuando escuchamos la palabra “bienestar” en los discursos oficiales, deberíamos sospechar un poco. En los últimos años se ha repetido tanto que parece bastar con ponerle el nombre a un programa social o a una tarjeta de apoyos para que el problema se considere resuelto. Pero el bienestar no se decreta ni se regala en un plástico. Los apoyos ayudan, claro, pero no sustituyen un salario digno, un transporte que no sea una trampa, servicios públicos que funcionen y una atención médica que no sea un calvario.

El Estado de México tiene todo para ser el lugar donde mejor se viva en este país: tiene industria, tiene comercio, tiene gente que no le teme al trabajo. Lo que no tiene es una correspondencia entre lo que produce y cómo vive su gente. No podemos conformarnos con ser los campeones de la estadística económica y quedar por debajo del promedio cuando se pregunta por la satisfacción personal.

La grandeza de un estado no debería medirse por los ceros en su Producto Interno Bruto, sino por la tranquilidad con la que su gente llega al final del día. Porque si producimos nueve de cada cien pesos de este país, lo mínimo que deberíamos esperar es que la vida en el Edomex no nos costara tanto trabajo. Al final, la riqueza que no devuelve bienestar a quien la crea es solo una cifra vacía en un informe de gobierno.